Lucía Rodríguez González

domingo, 31 de mayo de 2020

La pesadilla de Ockham. Parte II

¿Qué ocurre cuando se cumple una pesadilla?

Vivir rápido, morir lento.

¿Qué ocurre cuando ocurre?

Nos parece que la vida ha sido demasiado rápida,
que ahora la muerte ahoga, pero no termina.

¿Qué ha ocurrido?

¿Ha saltado el sueño al mundo de lo palpable,
o era el subconsciente un reflejo distorsionado de la realidad?

Los espejos son peligrosos. Pero a veces son necesarios.


martes, 26 de mayo de 2020

"El Presente" (fragmento)

<< (...) Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos. 💿

Si esto es así, significaría entonces que ahora, en este mismo instante, puede que incluso en este mismo lugar en que yo estoy sentada, alguna otra persona perteneciente a cualquier otra época, está respirando igual que yo lo hago.
Ahora mismo alguien está cazando un mamut, y Einstein está dando forma en su cabeza a la teoría de la relatividad al tiempo que Colón llega a un nuevo continente y Amelia Earhart sobrevuela el océano. Ahora mismo yo estoy viviendo, y también naciendo y muriendo a la vez, al igual que ellos, al igual que todas las personas y todos los seres.

⌚️

(...)
Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos. 🌠

Aunque quizás parezca algo infantil, a veces me gusta creerlo, o intentar creerlo al menos. Me resulta hermoso pensar que todo lo que nos parece cambiante, todo lo que vemos nacer, crecer o menguar, y finalmente terminar, es realmente tan eterno como esto en lo que nuestra existencia se encuentra. Creo que es reconfortante. Y quiero creer que es verdad. 🌺
>>

(Extracto de "El Presente", Lucía Rodríguez González, año 2008) ☄️

lunes, 4 de marzo de 2019

El guardador de rebaños V (fragmento). Fernando Pessoa

(...)

No creo en Dios porque nunca lo vi.
Si Él quisiera que yo creyera en Él,
Sin duda que vendría a hablar conmigo
Y entraría adentro por mi puerta
Diciéndome, ¡aquí estoy!

(...)


Pero si Dios es las flores y los árboles
Y los montes y sol y el rayo de luna,
Entonces creo en Él,
Entonces creo en Él a toda hora,
Y mi vida toda es una oración y una misa,
Y una comunión con los ojos y por los oídos.


Pero si Dios es los árboles y las flores
Y los montes y el rayo de luna y el sol,
¿Para qué le llamo Dios?


Le llamo flores y árboles y montes y sol y rayo de luna;
Porque si Él se hizo, para que yo lo vea,
Sol y rayo de luna y flores y árboles y montes,
Si Él se me aparece como árboles y montes
Y rayo de luna y sol y flores,


Es que Él quiere que yo lo conozca
como árboles y montes y flores y rayo de luna y sol.
Y por eso yo lo obedezco
(¿Qué más sé yo de Dios, que Dios de sí mismo?),
Le obedezco viviendo, espontáneamente,
Como quien abre los ojos y ve,


Y le llamo rayo de luna y sol y flores y árboles y montes,
Y lo amo sin pensar en Él
Y lo pienso viendo y oyendo,
Y ando con Él a toda hora.


Fernando Pessoa

jueves, 6 de octubre de 2016

Existen lugares

en los que la mirada se confunde con el recuerdo,
lugares en los que se nos devuelven, como depósitos de viejas alegrías, sensaciones que ya creíamos olvidadas.

Su olor, el tacto de su suelo y de su brisa, el sonido de su entorno.

Todo ello junto hunde muy profundo sus raíces en la memoria, haciendo aflorar destellos... Destellos de nostalgia, de sonrisas escondidas, de vida.

Vida...













Siempre existirán estos lugares, impresos en la mente y en los sueños de lo vivido. Son el equilibrio de los malos recuerdos.



Sí, también habrá siempre memorias tristes. Pero mucho más triste aún sería el olvido.

jueves, 5 de febrero de 2015

Esto NO es un microrrelato.

Ojalá fuese así, pero no. Se trata de una declaración de asco que nadie o casi nadie leerá, que yo  misma olvidaré, por fuerza, en apenas unas semanas, y que por supuesto no trascenderá de ningún modo en la sociedad ni en los acontecimientos.

Esta declaración de asco, al menos, me servirá para reproducir la rabia en un futuro próximo o lejano, cuando vuelva (si es que lo hago) a echar un vistazo a mi pobre blog abandonado. Eso espero.

Mi declaración de asco se materializa casi a diario a través de chistes, imágenes manipuladas y parodias varias, jugando con el humor absurdo y ácido en críticas probablemente y a pesar de todo demasiado sutiles. No soy la única que lo hace. Son varios cientos de miles de imágenes y textos satíricos los que se comparten cada hora en todas las redes sociales, atacando las principales incongruencias sociales de las que formamos parte todos ahora mismo.

Yo prefiero éstas, y no las más serias, porque siempre he dicho que el humor es en sí mismo un mecanismo de supervivencia. Tristemente, cada día que pasa me resulta más difícil de digerir toda la mierda de la crisis, que no es tanto económica como social, ni es tan grande la carencia de recursos como la de prioridades racionales. 

Sin perspectiva ninguna de encontrar un trabajo remunerado, ya no en lo mío, sino en cualquier cosa: difícil incluso conseguir curro de dependienta o camarera, milagrosamente una compañera oyó que su jefa necesitaba sustituta, y me cogieron para trabajar por unos meses. Os prometo que en mi casa fue una alegría increíble que me hubiesen contratado para 6 horas semanales (ojo al dato), a 8 euros la hora, para un puesto que requería que, aparte de esas horas oficiales, pasase aproximadamente otras tantas preparándome previamente (a la vez que continuaba con mi tesis).

Esta semana hace unos tres meses que trabajo en esta empresa, sin haber visto ni un solo céntimo todavía. Tres meses sin cobrar y sin que me hicieran contrato. Con mucha vergüenza, y después de mucho tiempo de plantones y de largas, tuve que plantarme en el portal de esta señora para que me pagase las horas trabajadas hasta ahora, porque además se negaba a darme todo lo que me debía, alegando que yo, que no he percibido ni medio euro en tres meses, le he causado gastos; llegó a decirme, cargada de razón, que yo no tengo conciencia, que debería salir de mí el pedirle por favor que me quitase parte del sueldo negociado. Esto no es ciencia ficción. Es la pura realidad: una mujer que gana muchos miles de euros anuales, intentando regatearme a mí buena parte de los escasos 600 euros que me debía. ¿Por qué? Porque soy joven, porque quiero ganar dinero, aunque sea poco, para empezar a mantenerme sola, que ya va siendo hora. Porque saben que pueden aprovecharse de nosotros.

No sé cuál es el número exacto de desahucios y familias echadas a la calle al día. Puede que sean decenas, contando los que se conocen y los que se llevan a cabo de forma encubierta y dándoles otras denominaciones eufemísticas, pero con el mismo resultado. Lo que sé es que nos hemos acostumbrado de tal manera a oír este tipo de noticias que ya ni siquiera nos llaman la atención (me incluyo). Lo mismo para la multitud de personas que salen en las noticias porque no tienen acceso a este o aquel tratamiento médico o ayuda social, sin contar los muchísimos casos más que de la misma manera ni siquiera salen a la luz... Y tantas penurias más.

Recuerdo que no hace muchos años, todos los telediarios nos bombardearon durante meses con el terrible problema de los llamados "mileuristas", personas, generalmente jóvenes, que no cobraban más de 1000 euros mensuales. Se consideraba una tragedia social, porque además la mayor parte de esas personas poseían una formación muy amplia, estudios universitarios, idiomas y toda la pesca.

Ahora mismo tengo que escuchar o leer, cuando tengo estómago para ello, cómo la mafia pública que nos gobierna y administra nuestros recursos (me da igual el partido), celebra con todos nosotros que ya seremos solamente (¡!) un 24% de españoles en paro en 2015, y que los que trabajan a jornada completa perciben un salario mínimo que no llega ni a la mitad del mínimo en la mayor parte de los países europeos. No hablamos de la cantidad ingente de personas que están teniendo que exiliarse en busca de un trabajo o de una beca de investigación.

Tenemos que ver a diario cuánto ganan, (y eso es solamente la punta del iceberg, lo sabemos todos), cuánto estafan y roban, y con qué descaro permanecen en sus cargos y siguen mostrando sus jetas a las cámaras; se rascan un poco y la mierda que sacan de ello juegan a tirársela unos a otros, total, solamente tienen que entretenernos el ratito que dura el telediario o la tertulia mañanera, porque después tenemos que ponernos a sobrevivir, matamos unas cuantas horas de nuestras vidas mirando y gritando y rezando por los deportes y programas basura varios, (a los que por cierto también se mantiene con millonadas absolutamente asquerosas), y ya está: se pasó otro día.

Hasta que llega el momento en el que te tocan tu casa, o el dinero que ibas a emplear para comer este mes, o tu familia, o todo a la vez, qué sé yo. Te enfadas, quemas cuatro contenedores, tiras una piedra aquí y otra allí, y te has convertido en delincuente (o en terrorista, según dónde hayas tirado la piedra), y la ley seguirá amparando a quien te estafa, a quien te obliga a callarte, a quien te torea, nunca mejor dicho, al más puro estilo español. Qué sucios perroflautas los que nos congregamos en la calle en el 15-M y derivados, qué violenta la gente de Gamonal, qué ilusas las hordas votantes de Podemos, "pequeñas bestias vegetarianas", nos llamó literalmente y con bastante alegría el señor Sostres en su artículo de opinión en El Mundo, hace pocos meses, a todos los españoles no-ricos que nos quejamos de la situación actual.

Si no hay dinero para mantener una buena Educación Pública, una buena Sanidad Pública, (cuántos años de esfuerzo y de lucha para construirlas, para ahora dejar que esas garrapatas políticas se las fumen en billetes de 500); si no hay dinero para invertir en Investigación y Desarrollo, para que las carreras duren lo que tienen que durar, para crear empleo y mejorar sus condiciones, para la Cultura, para las pensiones... Si no hay dinero para garantizar una calidad de vida mínima para todos los españoles, ¿de dónde salen los millones y millones y millones que se embolsan delante de nuestros ojos estos personajes? 

¿Cómo es posible que permitamos, sin poner el grito en el cielo, que Wert, la vergüenza de la Historia de la Educación española (y ya es decir), haga declaraciones como la que se leía recientemente en algunos diarios: "Las familias que no tienen dinero para estudiar, es porque no se quieren privar de otras cosas"? ¿Cómo podemos dejar que gente como Sostres nos mande callar y nos insulte tranquilamente en los periódicos?

"Que muera un pobre es importante para los familiares, pero que muera un rico es trágico para España. Lo fundamental en un país son sus ricos y la turba es intercambiable. Lo que da identidad, elegancia y distinción a un Estado son sus millonarios".

Así iniciaba su artículo este señor, con motivo de la muerte de Emilio Botín. Y es la parte más ligera de todo el texto, quienes lo hayáis leído lo sabréis bien.

Esta es la mentalidad de quienes nos gobiernan, y de quienes los votan, o los votáis. Una pregunta simple: ¿de dónde sale el dinero? ¿de dónde saca el dinero esta gente, para ser millonaria? El vendedor, el empresario, ¿de dónde salen los productos que ofertan? ¿Quiénes están en la tierra trabajando, quiénes en las ventanillas atendiendo al público, quién en las aulas formando a los futuros trabajadores, quién en los talleres tejiéndoles la ropa, quién elaborando los alimentos, quién investigando para curar sus dolencias, quién salvándoles la vida?

Somos absolutamente idiotas. Tanto los que se aprovechan de los que necesitan urgentemente cuatro duros, como los que nos dejamos explotar y faltar al respeto de esta manera. Los unos porque desprecian y minusvaloran a los de abajo, los otros porque temen perder lo poco que tienen, y porque no conocen su propio valor y su propia fuerza. 

Y así, sobre esta red de idiotez retroalimentada, mantenemos de mala manera un país que algunos llaman de pandereta, y que a mí me produce asco. Y lo más triste es que nos lo merecemos.
Por idiotas.


lunes, 2 de junio de 2014

Nietos de vencedores y vencidos. De días históricos y otros cuentos

Hacía muchísimo que no actualizaba el blog, y los pocos que lo leen alguna vez saben que está exclusivamente dedicado a literatura... Pero creo que voy a tener que ir empezando a hacer algunas excepciones.

Hoy, 2 de junio de 2014, ha abdicado Juan Carlos I (¿"ex-rey"?) de España. Lo he visto con una amiga en directo, y creo que ha sido la primera vez en mi vida que he corrido por ir a ver qué tenía que decir el (¿señor?) Rajoy.

Como historiadora no puedo negar que Juan Carlos fue uno de los protagonistas de la Transición española, lo cual implica que jugó un papel importante en la "entrada" de la... Esto... ¿cómo se llamaba...? ah sí, """"Democracia""" en nuestro país. Tampoco negaré que este señor ha llevado a cabo tareas diplomáticas relevantes en estos 39 añazos que ha estado en el cargo, (aunque no sé qué opinarán los paisanos del Sáhara Occidental sobre los frutos de estas labores), y por supuesto yo también me alegro de que no apoyase el golpe del 23-F en su momento, faltaría más.

Sin embargo, no nos dejemos engañar. El rey obró en interés propio también, en interés del mantenimiento de la monarquía española, que ya no habría sido sostenible con el absolutismo con que la había diseñado Franco en su día, porque, lamentablemente, Europa nos sacaba ya bastante ventaja desde hacía décadas.

Y no nos equivoquemos. No hace ninguna falta decir, porque es obvio, que este sistema que tenemos no es democrático, sino un fraude asqueroso al que todos ellos, la familia real y los políticos, se aferran. Esto que tenemos, desde mi punto de vista, no es más que una prolongación indefinida y estirada al máximo, igual que un chicle masticado y babeado hasta la saciedad, de aquella tan ensalzada Transición; una Transición que, muy lejos de haber sido tan idílica y democrática como nos gusta decir últimamente, no fue más que un apéndice de la última etapa del franquismo, pues, como sabe cualquiera que haya leído un poco de Historia Contemporánea de España, nuestro sistema surgió directamente de las entrañas de la dictadura, que siempre supo disfrazarse muy bien para ir adaptándose a los tiempos. Y, esto lo comento como dato curioso nada más, la única Transición "democrática" que se asemeja más a la nuestra es la que se vivió en Sudáfrica.

Para evitar malas interpretaciones, conste que entiendo la Transición para su momento. España estaba aún asustada y lamiéndose las heridas sin cicatrizar de la Guerra Civil, no había muchas ganas de meterse en más conflictos. Conste que comprendo la actitud de los "hijos de vencedores y vencidos". Y también los políticos. Qué bien supieron aprovecharlo.

Pero hoy es 2 de junio de 2014, la Transición va camino de cumplir los 40 tacos, y yo no pertenezco ya a aquellas generaciones. Nieta de vencedores y vencidos, critico nuestro sistema y exijo algo más.

Si tan democrático fuera Juan Carlos, no habría abdicado en su hijo para continuar con la saga de personajes de sangre azul en este país.

Si tan democráticos fueran nuestros políticos, lo primero que harían sería convocar un Referéndum para que el pueblo decida si quiere o no un nuevo rey.

Si fuera democrático nuestro sistema, no conservaría aún este tipo de vestigios medievales, injustos y en clara contradicción con los principales Derechos Humanos, que, se supone, son el horizonte de sentido de la sociedad occidental actual.

Ni de forma simbólica, ni de ningún modo. Los Derechos Humanos dicen que todas las personas son iguales. Cualquier forma de monarquía y de sustentación de noblezas rancias simplemente es incompatible con esto, independientemente del poder real que ostenten estas personas.

Ahora, la mala prensa que últimamente bulle en torno a la familia real, entre otros sustos (como el reciente éxito de partidos alternativos como Podemos), sumado a las circunstancias personales de Juan Carlos, les llevan a pseudo-mutar de nuevo y traer "sangre nueva", readaptarse para subsistir.

Esto significa muchas cosas, pero entre ellas una muy importante: se están produciendo cambios sociales que, aunque intentan ser tapados y manipulados, empiezan a asustarles. Quizás esté llegando el momento en que nos sintamos capaces de empezar a cambiar las cosas más importantes. Tal vez por fin estemos acercándonos al fin de la Transición.

Pero esto no depende de un rey, ni de un político. Ni siquiera de cientos de ellos.

La Historia no la hacen únicamente los personajes importantes... Sus nombres sólo deberían servir a los historiadores como ayudas nemotécnicas.

La Historia la hacemos todos, cada día. Por eso todos los días son días históricos.

Todos nosotros somos protagonistas, más activos o más pasivos, de los cambios históricos. Entendamos esto:

La Historia es nuestra.

sábado, 19 de octubre de 2013

De duendes [fragmento de 'Al otro lado del cuento']


Y entonces lo supo, y por infantil que pudiera parecer, en su corazón no cupo duda: era un duende. Aquellos ojos aceituna, enormes y relampagueantes, asomándose tras la cortina cobriza que lo cubría casi por completo: la carita, tan diminuta; los dedos, larguísimos y nudosos, enroscados como ramas de enredadera a los barrotes. Había algo en aquella criatura que le hacía refulgir como fuego fatuo, pero sin muerte. Como llama, pero sin quemar. Ni siquiera habría sabido decidir si el ser era bello o feo. Pero brillaba. Sin luces, sin lumbre, sin más astros alrededor que aquél que los sostenía, sin más calor que el que inspiraba la curiosidad de aquellas pupilas como pozos. Pero brillaba. Simple, implacable, mágicamente… brillaba.



martes, 28 de mayo de 2013

Entender. Parte I

-Rara vez entiendo mis sueños.
-Eso es porque los sueños no se entienden. Se experimentan.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Visita del Poeta

Me lo encontré paseándose a sus anchas por mi sueño, anciano y despreocupado. El poeta.

Hablamos un rato, que fueron dos días, o quizás sólo me habló él, en el barco (no cabía esperar menos).
Se despidió regalándome un pez de colores, pero... lo perdí. Lo perdí poco después de que él se apeara.

Se me escurrió por el lavabo, (¿qué pintaba allí aquel lavabo?), el pobre pececito, muerto.

Abrí los ojos del disgusto.
¿Cómo había podido perder el regalo del poeta?

Cuando lo conté a la mañana, alguien me dijo <<Es impresionante, los sueños tan absurdos que tienes.>>

Y quizás no era absurdo. No tanto.


...Ahora me río.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Paso y me quedo, como el Universo.

<< Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la 
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo. >>


Fernando Pessoa

lunes, 17 de diciembre de 2012

Impresiones de hospital

Blanco, blanco. Aquí todo es blanco; se palpa blanco, huele a blanco. La boca sabe a blanco puro. Blanco aséptico, blanco saturado.

martes, 20 de noviembre de 2012

La pesadilla de Ockham


Una idea, un mensaje, una emoción, se pueden transmitir de múltiples formas. Sin embargo, ya se trate de ciencia, de literatura o de arte, cuanto más concisamente es emitido, más claro lo percibe el receptor, e incluso con un nivel de impacto muy superior.

Últimamente tengo muchas pesadillas, pero no son como las de antes. El nivel de sutileza y en algunos casos de cruel brevedad que han alcanzado es sorprendente, aunque no tanto como escalofriante. El efecto es brutal. 

Un rostro llorando, sólo eso. Apenas dura un instante, pero es terrible. Sé quién es, sé por qué llora. No hay nada más. Ni un sonido, ni un color. Pero me ha hecho despertar con un terror difícil de describir acelerándome tanto el pulso que he podido ver cómo se me apretaba el corazón contra el pecho bombeandobombeandobombeando bombeando bombeando, bombeando, bombeando… Bombeando. Bombeando.

Bombeando.

Solamente ha sido un sueño, el más corto y simple de todos.

Y un rostro llorando… Sólo eso. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cuando seas mayor, lo entenderás.




         

            <<Cuando seas mayor lo entenderás>>, cómo les gusta esa frase a los adultos en casa de Celia, y cuánto la odia ella. Esa ha sido la respuesta a una pregunta que ha hecho hace apenas un minuto, y que por supuesto nadie se ha dignado a contestarle; pues bien, si no quieren que pregunte, ¿por qué hablan de cosas que no entiende delante de ella? Es como ponerse a cocinar en sus narices pero luego no dejarle probar el plato. Sin embargo ella no es demasiado prudente y, aunque sin mucha esperanza, insiste.

-Pero sólo quiero saber quiénes son.

            La madre alza los ojos al cielo y, negando con la cabeza, baja la mirada y continúa comiendo, como si no la hubiera oído, dejándole al padre la responsabilidad de la respuesta. O más bien de la no-respuesta.

-No es nada que a ti te haga falta saber, Celia. Son cosas de la guerra. Y cállate, que están hablando los mayores.


            Esto hace aún más insoportable la curiosidad de la niña, pero conoce bien ese tono terminante de su padre cuando da por terminada una conversación, así que decide no seguir preguntando y se limita a escuchar y atar cabos ella misma.

            <<Maquis>>. Ésa ha sido la palabra de la discordia, esa por la que Celia ha preguntado, porque en su media inocencia aún no sabe qué es eso exactamente. Por el contexto parece ser que son personas, pero personas de las que dan mucho miedo, por cómo habla su madre de ellas. Su padre no parece temerles tanto, pero al aclararle a su hija que están hablando cosas de la guerra, (ese tema que todavía sale alguna que otra vez en las conversaciones, pero normalmente siempre dentro de las casas), ésta ha comprendido inmediatamente el semblante serio y triste que había adoptado la cara de él desde que había surgido por primera vez esa palabra. <<Maquis>>. Suena incluso gracioso. Él no los ha defendido, pero tampoco parece tenerles miedo, ni siquiera odio, y esto ha hecho ponerse nerviosa a la madre, casi enfadarse con él. Es que la madre de Celia siempre es muy precavida, la persona más prudente que Celia ha conocido jamás, de hecho le tiene miedo o al menos respeto a muchas más cosas que la niña, que solo cuenta con siete años. Su madre dice que es porque ha vivido muchos más años que ella, y que en la vida, al contrario de lo que Celia había pensado siempre, no se va perdiendo el miedo con la edad, sino que se aprende a temer cada vez a más y más cosas.


            En todo caso, no tarda en olvidarse de esta cuestión. Tiene ahora cosas más urgentes que hacer. Esas cosas más urgentes consisten en sisar algo de comer en casa para llevárselo al señor raro que ha decidido quedarse ocupando el almiar. Afortunadamente, como no es dada a ese tipo de travesuras, no le cuesta demasiado, tras recoger su plato y su vaso, colarse en la cocina a rebuscar; sus padres continúan hablando y no se han preocupado mucho de ella. Con rapidez se esconde en los sucios bolsillos de su delantal un trozo de pan, un tomate demasiado maduro y una patata blanca, (qué suerte, como dice siempre su padre, vivir en el campo). Y con su pequeño botín, que en esos años es toda una riqueza, se despide apresuradamente de sus padres y se marcha corriendo con la esperanza de que su extraño amigo, si es que así se le puede llamar, siga en el escondite.

-¿Hola? ¿Sigue aquí? ¡Hola!

            Inmediatamente la bronca voz que el día anterior escuchara por primera vez le contesta malhumorada.

-Dios, no, otra vez no. Esta mocosa va a hacer que me maten. ¡Deja de gritar y lárgate!
-Le traigo cosas para comer, ¿no quiere?

            Adentro se hace un breve silencio, o quizás… quizás se oye desde afuera mascullar algo difícilmente inteligible. Pero finalmente, parece que el hambre hace ceder a cualquiera.

-Entra, corre, y deja de armar tanto escándalo.

            Celia mira a su alrededor: no hay ni un alma. En realidad no entiende la obsesión de este hombre por permanecer escondido, al margen del conocimiento de todo el mundo. ¿No tendrá familia? ¿Estará enfadado con ella? Bueno, ella también opta por esconderse cuando se enfada o está triste, pero generalmente no aguanta la soledad más de dos horas seguidas; ni la soledad ni el hambre. Definitivamente… este hombre debe estar muy enfadado.

-¿Qué traes?

            Se saca de los bolsillos el pan, el tomate y la patata, y al hombre le falta tiempo para lanzarse a las manos de la pequeña como un perro hambriento. Sí, realmente por un momento le ha parecido tan triste y humillado como un perro. Antes de que le dé tiempo a hablar, ya ha devorado la mitad del tomate y casi todo el pedazo de pan; finalmente, mientras ella lo contempla en silencio, el hombre se saca una navaja de uno de los bolsillos traseros del pantalón (que, a pesar de la poca luz que llega hasta dentro, le ha parecido a Celia que está ya bastante sucio y algo ajado), y comienza a malpelar la hermosa patata blanca que le ha traído. La niña no termina de decidirse a pedirle a cambio que le cuente el cuento prometido. Finalmente se atreve, cuando empieza a oírle ronchar con indescriptible voracidad la patata cruda.

-¿Va a contarme usted el cuento de la Paparrasolla ahora?

            Un gruñido por respuesta. Celia traga sonoramente, planteándose interiormente por momentos si no debería alejarse un poco más del hombre por si acaso acaba la patata antes de saciarse y continúa comiéndosela a ella.

-Me lo prometió usted, ¿no se acuerda?

            El hombre deja escapar una risotada irónica y da los últimos bocados al pobre tubérculo. Antes de contestar, Celia observa que ha empezado a mirar muy fijamente las propias mondas de la patata. Este señor debe de tener hambre de verdad.

-Yo nunca te he prometido nada. Si me has traído esto es porque tú has querido.

            Celia suspira. No es que esté particularmente sorprendida. Los adultos siempre hacen ese tipo de cosas, ¿por qué iba a ser éste diferente? ¿por esconderse como los niños? A lo mejor no es más que un loco. Sin decir nada, se levanta con todo el peso de su decepción y empieza a salir del almiar a gatas.

-Espera, espérate, niña.

            Contiene la respiración. ¿Se lo habrá pensado mejor? A lo mejor resulta que sí es algo diferente a las demás personas mayores. Bueno, al menos sí es diferente a sus padres, pues al darse la vuelta se da cuenta de que finalmente está masticando también con ansia las mondas de la patata.

-¿Qué quiere?
-Si te cuento esa historia, ¿seguirás trayéndome comida?

            Una frase que ha oído muchas veces en casa se le viene instantáneamente a la cabeza: <<nada es gratis en esta vida, y si algo te lo parece, desconfía>>.

-Sí, aunque tampoco quiero quitarle muchas cosas a mis padres.
-Bueno, menos voy a sacar de aquí. – Celia duda si debe contestar a esto, o si son simples reflexiones del hombre consigo mismo, que parece que también ha empezado a conversar solo. – Tú tráeme lo que puedas.
-Pero tiene que contarme usted sus historias. Si no, no hay trato.

            Él sigue sin parecer muy seguro. Está claro que no termina de fiarse de Celia a pesar de todo.

-Te contaré un trozo de la historia cada vez que me traigas algo de comer. Y también algo de beber, cuando puedas conseguirlo.
-Eso no le hace falta a usted. Pasa por aquí cerca un arroyuelo que tiene el agua muy fresquita, y yo solo me he cogido dolor de tripas una vez.
-Tú consígueme también algo de beber o no te cuento nada.
-Lo intentaré.
-Y no le hables nunca a nadie de que me has visto, de que me conoces, de nada de lo que yo te cuente, ni menciones este sitio, ¿me has entendido?
-Sí señor.
-Te lo voy a decir más claramente. Como me delates, voy por la noche a tu casa y te retuerzo el pescuezo. ¿Estamos?

            Celia no tiene del todo claro de dónde va a sacar “algo de beber” para llevarle a este señor de vez en cuando, pero piensa que ya se las apañará.

-Sí.
-Júramelo por tu vida.
-Se lo juro.
-Y júramelo por Dios y por tus padres.
-Se lo juro por todo, yo no voy a decir nada. ¿Me cuenta ahora la historia?

           
            Es curioso cómo a veces el ser humano es capaz de arriesgarse y rebajarse hasta límites insospechados por cosas que a ojos de otros podrían parecer totalmente innecesarias.
Celia acaba de jurar y de comprometerse a robar (aunque su joven conciencia aún no lo ve exactamente como tal) a cambio de que un completo desconocido le cuente un cuento. Bueno, tal vez sea uno de los pocos caprichos que se ha permitido en su vida, porque a pesar de ser la hija del médico del pueblo, y vivir en el seno de una de las familias que han salido mejor paradas tras la guerra, como dice su padre: si no hay, no hay, y esto es así para todo el mundo. El caso de la decisión del hombre parece en principio meramente material, pero hay algo más detrás de todo. Hay… la soledad. Hay… tener a alguien, después de un tiempo, con quien poder hablar; aunque se trate de una mocosa de siete años que bien poco puede entender aún de la vida. Aunque igual es precisamente eso lo que le ha llevado a arriesgar y fiarse de ella. Pues hay quien dice que si los niños fueran siempre niños, el mundo sería menos oscuro. Y cuando empieza a contar la historia, ese cuento que antaño le transmitiera su abuelo, y que a él le hubieran contado antes, y que al pasar a cada nuevo receptor fue tomando nuevos giros y detalles que en principio probablemente ni siquiera existieron, va a volver interiormente a momentos de su vida que creía totalmente olvidados, que había descartado por completo poder volver a recrear, al margen de los horrores, de la angustia y de la incertidumbre de no saber qué le sucederá mañana, siquiera si podrá seguir preguntándose para entonces por su destino.

            El cuento comienza en un pueblito, uno aún más pequeño que el de Celia, más tranquilo y apartado, perdido entre montañas muy verdes. Es la historia de dos hermanos.


lunes, 17 de septiembre de 2012

"Al otro lado del cuento", (fragmento)



                Cuando los primeros destellos del sol empezaron tenuemente a pintar en tonos malvas y magenta las pocas nubes que ahora quedaban, Martín ya tenía los ojos bien abiertos. Miraba con más atención que nunca el cielo, las montañas, el río que se adivinaba más abajo, tras los esbeltos alisos, y la textura suave de las copas del robledal que se extendía desde el pie del Monte del Este hasta el fondo del valle que lo había visto crecer, y ahora parecía silenciosamente decirle adiós.


Fotografía propia
            A pesar de su corta edad, cuánto amor le tenía a su tierra y cómo echaría de menos el despertar por la mañana viendo lucir dorados los tejados de la aldea, y escuchando a los gallos, primero el del corral del peletero, que vivía, por los fuertes olores que debido a su oficio despedía su taller, a las afueras; y poco después contestaba siempre el de su vecina, mucho más esmirriado, pero orgullo de su corral, y era ese el momento en que Elvira saltaba cada mañana del lecho, como impulsada por un resorte, y se apresuraba a vestirse e iniciar sus tareas diarias. Martín, aunque menores en número, también tenía responsabilidades importantes en casa; era él quien se ocupaba de alimentar a las gallinas y recoger los huevos, de sacar a las tres cabritas y subir con ellas a la ladera. Y por supuesto era él quien solía dar de cenar y cepillar, al llegar la anochecida, a Jimeno, aquel pobre burrito que soportaba desde hacía más de diez años sobre sus nobles lomos de color café el yugo del arado del abuelo, sin pena ni gloria, pero siempre con ese dulzor característico de asno agradecido en sus ojos negros y redondos. Ese animalito sería ahora, y por mucho tiempo, lo único que a Martín y Elvira les quedaría, en lo material, de su vida pasada y del lugar de sus infancias, bien lo sabían ellos, aunque temieran entristecerse al decírselo el uno al otro en voz alta. Y amaneceres mucho más oscuros tendrían que ver levantarse pesadamente sobre sus días, más adelante, aunque esto, claro está, sí que no podían saberlo aún.

            Esa mañana Elvira no se levantó tan enérgicamente como de costumbre. Con un suspiro casi imperceptible, pues no quería perturbar a su hermanito, se obligó a echar abajo las sábanas, ásperas y rozadas a fuerza de los años, e hizo el intento de echar el pie al suelo; pero un último momento de debilidad fue todavía capaz de retener su fuerza de voluntad y, en silencio, se dio la vuelta y abrazó tiernamente a Martín, que, a pesar de su orgullo de hombrecito de ocho años, le devolvió con los ojos apretados el abrazo a su hermana. Ninguno habría sabido decir cuánto tiempo permanecieron así, amarrados, como sin querer desprenderse de algo que se esfumaría en cuanto se soltaran, pero seguramente no fueron más que unos segundos, transcurridos los cuales, Elvira le obligó a abrirlos ojos de nuevo y, tras besarle levemente la frente, lo animó con su joven sonrisa a afrontar el día de las despedidas.

-Arriba, Martín. En marcha.

            Pero aquello más que una marcha era una llegada, y más que una despedida, un comienzo. El comienzo de la aventura que sería el resto de sus vidas.

jueves, 5 de julio de 2012

Lunas nuevas

Luna lunera, cascabelera,
te echo de menos,
¿adónde nos llevas?

Lunas viejas, revuelven mi cama,
arrugan la colcha, ocupan mi amohada.

Lunas de antes, endulzan mi sueño,
alientan el alma con su recuerdo.

Lunas nuevas, llegadme de nuevo,
llevadme despierta, que os echo de menos.

Echar de menos

Echar de menos.

Decía Saramago que cualquier ausencia es una muerte, que la única diferencia entre una y otra es la esperanza.

Cuántas cosas echo de menos ahora mismo. Echo de menos el reír despreocupadamente, sin pensamientos oscuros que apaguen rápido las carcajadas. Echo de menos el sol, pero no sólo verlo, también sentir su caricia, y sentir su abrazo más agobiante, ése que te empuja a tirarte de cabeza al agua, agua que también echo de menos.

Echo de menos a alguno y a algunos, los viajes, las situaciones emocionantes, pero no como éstas, sino las que ya no quieres olvidar nunca, las que revives después por las noches, aunque pasen muchos años, sobre todo en momentos peores, para refugiarte en ellas; y le ruegas a tu sobconsciente soñarlas una y otra vez si es posible, experimentarlas de nuevo.

Tantas cosas echo de menos... Pero son sólo ausencias. Y si la única diferencia es la esperanza, para mí es grandísima, abismal, me amarro a ella como a un salvavidas, y creo en ella con todo mi corazón.

jueves, 15 de marzo de 2012

Utopía y heterotopía del espejo

Frente al espejo puedo verme allá donde estoy ausente, a la vez que me descubro ausente en el lugar donde estoy.

(Foucolt)

miércoles, 7 de marzo de 2012

De encuentros

Esto sucedió hace ya unos tres meses. Fue un encuentro extraño. Salí de casa como cualquier otra mañana, camino de la facultad. No hacía mal tiempo todavía, aunque noté el cielo particularmente opaco; no como uno de esos días (¡tantos!), típicos en Salamanca cuando es otoño, en los que al mirar hacia el frente desde Villalobos se puede ver la cúpula de la catedral hundiéndose entre las nubes, como si fueran una bufanda vaporosa y envolvente; ese día la bufanda era una manta, una manta gruesa y oscura que cubría el cielo y el suelo, a través de los charcos.

Cogí, como siempre que pretendo atajar, rumbo a la calle Serranos, y fue allí donde sucedió. 

De pronto tuve la impresión de que los coches que pasaban detrás de mí se silenciaban; de que la gente que caminaba apresurada a mi alrededor se quedaba misteriosamente muda, se desvanecía, y el sonido de sus pasos pareció hundirse en el suelo entre los adoquines... El propio tiempo quedó sumido en un lapso acuoso, o esa fue mi sensación; como sumergirse por unos instantes en un pozo de cristal.

Sentí frío, y... vacío. El frío se remedia instintivamente acurrucándose uno sobre sí mismo, estrechándose contra el abrigo; pero ¿y el vacío? ¿cómo se combate el vacío? Ni siquiera había tristeza o miedo. Sólo un agujero, un agujero dentro de mí, y yo dentro del que se había formado afuera.

Entonces vi doblar la esquina hacia donde estaba yo a alguien, envuelto también en varias capas de ropa, con el rostro enjuto medio cubierto arriba por un gorro y abajo por el cuello de un jersey sin color. No es que fuera blanco; es que no tenía color alguno, porque en aquellos instantes fue patente el hecho de que los colores no existen.

Caminaba sin prisa en mi misma dirección pero en sentido opuesto. Ya no me acuerdo si me devolvió la mirada, pero aún puedo ver en mi mente con total claridad sus ojos, unos ojos horribles, helados, hundidos, del mismo color que su jersey, que no manifestaban nada: ni pena, ni alegría, ni agobio, ni ánimo; es como si pertenecieran a otro lugar o a otro tiempo, o a otro algo a lo que aún no hemos puesto nombre. Y más que caminar, por sus movimientos, parecía flotar; flotaba inexorablemente hacia alguna parte, y el camino hacia alguna parte pasaba justo junto a mí. 

Después de cruzarnos, volví a percibir todo mi entorno como apenas unos segundos antes lo había hecho: el ruido, las voces, los motores, las pisadas. Todo menos el tiempo, porque el frío... El frío se había quedado, como único vestigio del paso de aquella criatura. 

Y entonces supe quién era. No porque ya lo conociera, y no porque me lo hubiera encontrado en otras ocasiones o me hubieran hablado de su aspecto. Simple e inexplicablemente, en mi mente hallé de pronto su nombre como un susurro.

Era el invierno.

sábado, 25 de febrero de 2012

...¿Pero dónde los hombres?

¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?

Cantan con voz de hombre,
¿pero dónde los hombres

..con ojos de hombre miran?
¿Pero dónde los hombres

..con pecho de hombre sienten? 

...¿Pero dónde los hombres?

Cantan, y cuando cantan
parece que están solos.

Miran, y cuando miran
parece que están solos.

Sienten,..y cuando sienten
parece que están solos.

¿Es que ya Andalucía
se ha quedado sin nadie? 

¿Es que acaso en los montes andaluces
no hay nadie?

¿Que en los mares y campos andaluces
no hay nadie?

¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?

¡Tantas cosas han muerto,
 
que no hay más que el poeta! 

¡Cantad alto,
Oiréis que oyen otros oídos!

¡Mirad alto,
Veréis que miran otros ojos!

¡Latid alto,
Sabréis que palpita otra sangre!


No es más hondo el poeta 
en su oscuro subsuelo encerrado.
Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire,
ya es de todos los hombres.

Rafael Alberti 

martes, 13 de diciembre de 2011

A mi abuelo.

[ Escrito en abril del año 2005. ] 


“La vida es un sueño para los que saben vivirla, una carga para los que sufren y un rompecabezas para quienes intentan comprenderla”.

Es un enunciado precioso, (de otra forma nunca lo hubiera escrito aquí), y que, si piensan en ello, tiene sentido. Y les diré que, aunque consigan comprender esa extraña frase que una vez se le ocurrió a una niña mirando las montañas, no lograrán explicarse qué es exactamente la vida. ¿Un regalo? ¿Casualidad? ¿Ciencia o religión? En estas cosas pienso algunas noches, en medio de la densa oscuridad, arropada hasta las cejas, pero con los ojos muy abiertos. Y recuerdo.

Una vez, cuando era aún demasiado pequeña para comprenderlo, le pregunté a mi abuelo si estaba triste por ser viejo y arrugado. Y él me contestó así: “Un día, saldrás por la noche al balcón de una casa silenciosa, y mirarás a los ojos de la luna extrañando tu niñez; entonces, te verás galopando sobre los caballos del viento, sobre montañas plateadas, y escucharás el llanto de los árboles condenados a morir; te encontrarás paseando por los cabellos del mar, azules y verdes como si de zafiros y esmeraldas se tratara; Llegarás a su frente dorada, y rozarán tus pies las saladas canas de la mar, que son la espuma.
Mirarás a ambos lados, y sus olas arrastrarán los sueños de la juventud. Abrazarás al anaranjado desierto en la hora de más calor, sintiendo la brisa fresca de los días de nieve en tus mejillas. Y nadando por un haz de luz blanca de luna, sumida en la más dulce tranquilidad, escucharás el horrible canto de la melancolía alejarse; mirarás a los ojos de la luna, incluso sin abrir los tuyos, y regresarás a tu balcón, en medio de un plácido silencio que sale de todas partes y de ninguna. Entonces, pequeña, comprenderás que no cabe la tristeza en ese océano de maravillosos recuerdos. Así como que la vejez no es la última etapa de tu vida, sino la prueba de si has sabido vivirla”.

¿Saben qué? Creo que mi abuelo era un genio. Y lo mejor es que tenía razón: la vida es una aventura que se acaba, y debes decidir cómo vivirla. ¿Por qué no convertirla en el más hermoso de los sueños?


Sólo guardo buenos recuerdos. Pensar en ti es recordar muchas y auténticas risas, chistes, juegos, cuentos, canciones, paseos. Ávila. La feria. Riatas. Serranillos. La Paparrasolla. La manada de cerdos volando de flor en flor. Las mañanitas que cantaba el rey David. Todo va siempre conmigo.

A mi abuelo Modesto, que me quiso tanto, y que siempre, siempre tuvo una sonrisa para mí.