Lucía Rodríguez González
Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de mayo de 2020

"El Presente" (fragmento)

<< (...) Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos. 💿

Si esto es así, significaría entonces que ahora, en este mismo instante, puede que incluso en este mismo lugar en que yo estoy sentada, alguna otra persona perteneciente a cualquier otra época, está respirando igual que yo lo hago.
Ahora mismo alguien está cazando un mamut, y Einstein está dando forma en su cabeza a la teoría de la relatividad al tiempo que Colón llega a un nuevo continente y Amelia Earhart sobrevuela el océano. Ahora mismo yo estoy viviendo, y también naciendo y muriendo a la vez, al igual que ellos, al igual que todas las personas y todos los seres.

⌚️

(...)
Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos. 🌠

Aunque quizás parezca algo infantil, a veces me gusta creerlo, o intentar creerlo al menos. Me resulta hermoso pensar que todo lo que nos parece cambiante, todo lo que vemos nacer, crecer o menguar, y finalmente terminar, es realmente tan eterno como esto en lo que nuestra existencia se encuentra. Creo que es reconfortante. Y quiero creer que es verdad. 🌺
>>

(Extracto de "El Presente", Lucía Rodríguez González, año 2008) ☄️

sábado, 19 de octubre de 2013

De duendes [fragmento de 'Al otro lado del cuento']


Y entonces lo supo, y por infantil que pudiera parecer, en su corazón no cupo duda: era un duende. Aquellos ojos aceituna, enormes y relampagueantes, asomándose tras la cortina cobriza que lo cubría casi por completo: la carita, tan diminuta; los dedos, larguísimos y nudosos, enroscados como ramas de enredadera a los barrotes. Había algo en aquella criatura que le hacía refulgir como fuego fatuo, pero sin muerte. Como llama, pero sin quemar. Ni siquiera habría sabido decidir si el ser era bello o feo. Pero brillaba. Sin luces, sin lumbre, sin más astros alrededor que aquél que los sostenía, sin más calor que el que inspiraba la curiosidad de aquellas pupilas como pozos. Pero brillaba. Simple, implacable, mágicamente… brillaba.



martes, 28 de mayo de 2013

Entender. Parte I

-Rara vez entiendo mis sueños.
-Eso es porque los sueños no se entienden. Se experimentan.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cuando seas mayor, lo entenderás.




         

            <<Cuando seas mayor lo entenderás>>, cómo les gusta esa frase a los adultos en casa de Celia, y cuánto la odia ella. Esa ha sido la respuesta a una pregunta que ha hecho hace apenas un minuto, y que por supuesto nadie se ha dignado a contestarle; pues bien, si no quieren que pregunte, ¿por qué hablan de cosas que no entiende delante de ella? Es como ponerse a cocinar en sus narices pero luego no dejarle probar el plato. Sin embargo ella no es demasiado prudente y, aunque sin mucha esperanza, insiste.

-Pero sólo quiero saber quiénes son.

            La madre alza los ojos al cielo y, negando con la cabeza, baja la mirada y continúa comiendo, como si no la hubiera oído, dejándole al padre la responsabilidad de la respuesta. O más bien de la no-respuesta.

-No es nada que a ti te haga falta saber, Celia. Son cosas de la guerra. Y cállate, que están hablando los mayores.


            Esto hace aún más insoportable la curiosidad de la niña, pero conoce bien ese tono terminante de su padre cuando da por terminada una conversación, así que decide no seguir preguntando y se limita a escuchar y atar cabos ella misma.

            <<Maquis>>. Ésa ha sido la palabra de la discordia, esa por la que Celia ha preguntado, porque en su media inocencia aún no sabe qué es eso exactamente. Por el contexto parece ser que son personas, pero personas de las que dan mucho miedo, por cómo habla su madre de ellas. Su padre no parece temerles tanto, pero al aclararle a su hija que están hablando cosas de la guerra, (ese tema que todavía sale alguna que otra vez en las conversaciones, pero normalmente siempre dentro de las casas), ésta ha comprendido inmediatamente el semblante serio y triste que había adoptado la cara de él desde que había surgido por primera vez esa palabra. <<Maquis>>. Suena incluso gracioso. Él no los ha defendido, pero tampoco parece tenerles miedo, ni siquiera odio, y esto ha hecho ponerse nerviosa a la madre, casi enfadarse con él. Es que la madre de Celia siempre es muy precavida, la persona más prudente que Celia ha conocido jamás, de hecho le tiene miedo o al menos respeto a muchas más cosas que la niña, que solo cuenta con siete años. Su madre dice que es porque ha vivido muchos más años que ella, y que en la vida, al contrario de lo que Celia había pensado siempre, no se va perdiendo el miedo con la edad, sino que se aprende a temer cada vez a más y más cosas.


            En todo caso, no tarda en olvidarse de esta cuestión. Tiene ahora cosas más urgentes que hacer. Esas cosas más urgentes consisten en sisar algo de comer en casa para llevárselo al señor raro que ha decidido quedarse ocupando el almiar. Afortunadamente, como no es dada a ese tipo de travesuras, no le cuesta demasiado, tras recoger su plato y su vaso, colarse en la cocina a rebuscar; sus padres continúan hablando y no se han preocupado mucho de ella. Con rapidez se esconde en los sucios bolsillos de su delantal un trozo de pan, un tomate demasiado maduro y una patata blanca, (qué suerte, como dice siempre su padre, vivir en el campo). Y con su pequeño botín, que en esos años es toda una riqueza, se despide apresuradamente de sus padres y se marcha corriendo con la esperanza de que su extraño amigo, si es que así se le puede llamar, siga en el escondite.

-¿Hola? ¿Sigue aquí? ¡Hola!

            Inmediatamente la bronca voz que el día anterior escuchara por primera vez le contesta malhumorada.

-Dios, no, otra vez no. Esta mocosa va a hacer que me maten. ¡Deja de gritar y lárgate!
-Le traigo cosas para comer, ¿no quiere?

            Adentro se hace un breve silencio, o quizás… quizás se oye desde afuera mascullar algo difícilmente inteligible. Pero finalmente, parece que el hambre hace ceder a cualquiera.

-Entra, corre, y deja de armar tanto escándalo.

            Celia mira a su alrededor: no hay ni un alma. En realidad no entiende la obsesión de este hombre por permanecer escondido, al margen del conocimiento de todo el mundo. ¿No tendrá familia? ¿Estará enfadado con ella? Bueno, ella también opta por esconderse cuando se enfada o está triste, pero generalmente no aguanta la soledad más de dos horas seguidas; ni la soledad ni el hambre. Definitivamente… este hombre debe estar muy enfadado.

-¿Qué traes?

            Se saca de los bolsillos el pan, el tomate y la patata, y al hombre le falta tiempo para lanzarse a las manos de la pequeña como un perro hambriento. Sí, realmente por un momento le ha parecido tan triste y humillado como un perro. Antes de que le dé tiempo a hablar, ya ha devorado la mitad del tomate y casi todo el pedazo de pan; finalmente, mientras ella lo contempla en silencio, el hombre se saca una navaja de uno de los bolsillos traseros del pantalón (que, a pesar de la poca luz que llega hasta dentro, le ha parecido a Celia que está ya bastante sucio y algo ajado), y comienza a malpelar la hermosa patata blanca que le ha traído. La niña no termina de decidirse a pedirle a cambio que le cuente el cuento prometido. Finalmente se atreve, cuando empieza a oírle ronchar con indescriptible voracidad la patata cruda.

-¿Va a contarme usted el cuento de la Paparrasolla ahora?

            Un gruñido por respuesta. Celia traga sonoramente, planteándose interiormente por momentos si no debería alejarse un poco más del hombre por si acaso acaba la patata antes de saciarse y continúa comiéndosela a ella.

-Me lo prometió usted, ¿no se acuerda?

            El hombre deja escapar una risotada irónica y da los últimos bocados al pobre tubérculo. Antes de contestar, Celia observa que ha empezado a mirar muy fijamente las propias mondas de la patata. Este señor debe de tener hambre de verdad.

-Yo nunca te he prometido nada. Si me has traído esto es porque tú has querido.

            Celia suspira. No es que esté particularmente sorprendida. Los adultos siempre hacen ese tipo de cosas, ¿por qué iba a ser éste diferente? ¿por esconderse como los niños? A lo mejor no es más que un loco. Sin decir nada, se levanta con todo el peso de su decepción y empieza a salir del almiar a gatas.

-Espera, espérate, niña.

            Contiene la respiración. ¿Se lo habrá pensado mejor? A lo mejor resulta que sí es algo diferente a las demás personas mayores. Bueno, al menos sí es diferente a sus padres, pues al darse la vuelta se da cuenta de que finalmente está masticando también con ansia las mondas de la patata.

-¿Qué quiere?
-Si te cuento esa historia, ¿seguirás trayéndome comida?

            Una frase que ha oído muchas veces en casa se le viene instantáneamente a la cabeza: <<nada es gratis en esta vida, y si algo te lo parece, desconfía>>.

-Sí, aunque tampoco quiero quitarle muchas cosas a mis padres.
-Bueno, menos voy a sacar de aquí. – Celia duda si debe contestar a esto, o si son simples reflexiones del hombre consigo mismo, que parece que también ha empezado a conversar solo. – Tú tráeme lo que puedas.
-Pero tiene que contarme usted sus historias. Si no, no hay trato.

            Él sigue sin parecer muy seguro. Está claro que no termina de fiarse de Celia a pesar de todo.

-Te contaré un trozo de la historia cada vez que me traigas algo de comer. Y también algo de beber, cuando puedas conseguirlo.
-Eso no le hace falta a usted. Pasa por aquí cerca un arroyuelo que tiene el agua muy fresquita, y yo solo me he cogido dolor de tripas una vez.
-Tú consígueme también algo de beber o no te cuento nada.
-Lo intentaré.
-Y no le hables nunca a nadie de que me has visto, de que me conoces, de nada de lo que yo te cuente, ni menciones este sitio, ¿me has entendido?
-Sí señor.
-Te lo voy a decir más claramente. Como me delates, voy por la noche a tu casa y te retuerzo el pescuezo. ¿Estamos?

            Celia no tiene del todo claro de dónde va a sacar “algo de beber” para llevarle a este señor de vez en cuando, pero piensa que ya se las apañará.

-Sí.
-Júramelo por tu vida.
-Se lo juro.
-Y júramelo por Dios y por tus padres.
-Se lo juro por todo, yo no voy a decir nada. ¿Me cuenta ahora la historia?

           
            Es curioso cómo a veces el ser humano es capaz de arriesgarse y rebajarse hasta límites insospechados por cosas que a ojos de otros podrían parecer totalmente innecesarias.
Celia acaba de jurar y de comprometerse a robar (aunque su joven conciencia aún no lo ve exactamente como tal) a cambio de que un completo desconocido le cuente un cuento. Bueno, tal vez sea uno de los pocos caprichos que se ha permitido en su vida, porque a pesar de ser la hija del médico del pueblo, y vivir en el seno de una de las familias que han salido mejor paradas tras la guerra, como dice su padre: si no hay, no hay, y esto es así para todo el mundo. El caso de la decisión del hombre parece en principio meramente material, pero hay algo más detrás de todo. Hay… la soledad. Hay… tener a alguien, después de un tiempo, con quien poder hablar; aunque se trate de una mocosa de siete años que bien poco puede entender aún de la vida. Aunque igual es precisamente eso lo que le ha llevado a arriesgar y fiarse de ella. Pues hay quien dice que si los niños fueran siempre niños, el mundo sería menos oscuro. Y cuando empieza a contar la historia, ese cuento que antaño le transmitiera su abuelo, y que a él le hubieran contado antes, y que al pasar a cada nuevo receptor fue tomando nuevos giros y detalles que en principio probablemente ni siquiera existieron, va a volver interiormente a momentos de su vida que creía totalmente olvidados, que había descartado por completo poder volver a recrear, al margen de los horrores, de la angustia y de la incertidumbre de no saber qué le sucederá mañana, siquiera si podrá seguir preguntándose para entonces por su destino.

            El cuento comienza en un pueblito, uno aún más pequeño que el de Celia, más tranquilo y apartado, perdido entre montañas muy verdes. Es la historia de dos hermanos.


lunes, 17 de septiembre de 2012

"Al otro lado del cuento", (fragmento)



                Cuando los primeros destellos del sol empezaron tenuemente a pintar en tonos malvas y magenta las pocas nubes que ahora quedaban, Martín ya tenía los ojos bien abiertos. Miraba con más atención que nunca el cielo, las montañas, el río que se adivinaba más abajo, tras los esbeltos alisos, y la textura suave de las copas del robledal que se extendía desde el pie del Monte del Este hasta el fondo del valle que lo había visto crecer, y ahora parecía silenciosamente decirle adiós.


Fotografía propia
            A pesar de su corta edad, cuánto amor le tenía a su tierra y cómo echaría de menos el despertar por la mañana viendo lucir dorados los tejados de la aldea, y escuchando a los gallos, primero el del corral del peletero, que vivía, por los fuertes olores que debido a su oficio despedía su taller, a las afueras; y poco después contestaba siempre el de su vecina, mucho más esmirriado, pero orgullo de su corral, y era ese el momento en que Elvira saltaba cada mañana del lecho, como impulsada por un resorte, y se apresuraba a vestirse e iniciar sus tareas diarias. Martín, aunque menores en número, también tenía responsabilidades importantes en casa; era él quien se ocupaba de alimentar a las gallinas y recoger los huevos, de sacar a las tres cabritas y subir con ellas a la ladera. Y por supuesto era él quien solía dar de cenar y cepillar, al llegar la anochecida, a Jimeno, aquel pobre burrito que soportaba desde hacía más de diez años sobre sus nobles lomos de color café el yugo del arado del abuelo, sin pena ni gloria, pero siempre con ese dulzor característico de asno agradecido en sus ojos negros y redondos. Ese animalito sería ahora, y por mucho tiempo, lo único que a Martín y Elvira les quedaría, en lo material, de su vida pasada y del lugar de sus infancias, bien lo sabían ellos, aunque temieran entristecerse al decírselo el uno al otro en voz alta. Y amaneceres mucho más oscuros tendrían que ver levantarse pesadamente sobre sus días, más adelante, aunque esto, claro está, sí que no podían saberlo aún.

            Esa mañana Elvira no se levantó tan enérgicamente como de costumbre. Con un suspiro casi imperceptible, pues no quería perturbar a su hermanito, se obligó a echar abajo las sábanas, ásperas y rozadas a fuerza de los años, e hizo el intento de echar el pie al suelo; pero un último momento de debilidad fue todavía capaz de retener su fuerza de voluntad y, en silencio, se dio la vuelta y abrazó tiernamente a Martín, que, a pesar de su orgullo de hombrecito de ocho años, le devolvió con los ojos apretados el abrazo a su hermana. Ninguno habría sabido decir cuánto tiempo permanecieron así, amarrados, como sin querer desprenderse de algo que se esfumaría en cuanto se soltaran, pero seguramente no fueron más que unos segundos, transcurridos los cuales, Elvira le obligó a abrirlos ojos de nuevo y, tras besarle levemente la frente, lo animó con su joven sonrisa a afrontar el día de las despedidas.

-Arriba, Martín. En marcha.

            Pero aquello más que una marcha era una llegada, y más que una despedida, un comienzo. El comienzo de la aventura que sería el resto de sus vidas.

viernes, 26 de agosto de 2011

Desde la cárcel del tiempo (fragmento)

El silencio era agobiante entonces. La atmósfera que reinaba en el pequeño cuartito se había vuelto en apenas unos segundos harto sofocante, y el silencio era tan pesado, tan abrumador, tan absoluto, como para tener la certeza de que algo fuera de lo común estaba sucediendo allí, aunque no lo pudiéramos ver. A la vez, algo en mi interior me impedía articular palabra, aunque sabe Dios que lo que más deseaba en aquellos instantes era precisamente hablar, romper aquella calma fría y cortante, o mejor aún, chillar, agarrar a Mario de la mano y salir junto a él de la habitación inmediatamente. Sin embargo, nada de aquello hice, y no sabría explicar el por qué. Tampoco él fue capaz de nada más que mirarme mientras ambos, respirando entrecortadamente, nos decíamos con la mirada que no deberíamos estar allí.

Fue entonces cuando algo quebró la escarcha invisible que se estaba formando en torno a nosotros. Y no fue otra cosa que el sonido inconfundible de la máquina de escribir al llegar al final de un renglón; ese tintineo que normalmente me habría resultado incluso agradable al oído, y que sin embargo me hizo saltar como movida por un resorte, al igual que a Mario, cuyos ojos pude ver dirigirse con espanto hacia la máquina en cuestión, que, aun reposando en total soledad sobre el viejo escritorio, se recolocó al principio del siguiente renglón, como si alguien la hubiera golpeado levemente para obligarla a ello y poder continuar escribiendo. Aquello claramente era más de lo que mi mente, ya exaltada antes de haber visto semejante cosa, podía soportar.

Pero, como siempre, fue él quien sacó ese maravilloso valor suyo que tantas veces nos ha sacado a flote a los dos, y lo digo con toda la intención, pues así me sentí exactamente en aquella ocasión; como si, al cogerme del antebrazo y guiarme hacia la puerta, hubiera tirado de mí hacia la superficie haciéndome emerger de un pozo o de un lago helado. Ciertamente la inercia de aquella habitación siempre ejerció mucha menos fuerza sobre él que sobre mí, que me sumergía antes de darme cuenta en una especie de sueño extraño del que luego no me resultaba tan sencillo escapar. Me apresaba, sí, eso era, algo de aquel lugar me hacía presa dentro de mí misma… aunque, por supuesto, nosotros aún no éramos plenamente conscientes de aquello.

lunes, 7 de marzo de 2011

Juguetea torpemente

con el estuche de las gafas de mamá. Lleva algunos segundos intentando abrir la tapa, que funciona con pequeños imanes, y al fin lo consigue, aunque, eso sí, del revés, así que deja caer la fina mopa de color malva que había guardada dentro.

-Mamá, ¿no quieres ponerte al teléfono? Es Conchi. Anda, ponte, y le cuentas que hoy te han llevado a la peluquería y lo guapa que te han dejado.

Mi madre, su hija, le pasa el móvil. Tiene que colocárselo en el oído y decirle que diga "Hola", porque Juanita, confundida, demuestra no estar segura siquiera de cómo cogerlo. Saluda, parece que reconoce la voz, aunque no sé si realmente sabe que está hablando con su hija, más bien me decanto por el no. Ni siquiera es consciente de que esta persona que le está tendiendo el teléfono es su otra hija, que ha venido a visitarla, y por supuesto no tengo esperanzas de que sepa quién soy yo. Supongo, por su forma de mirarme, que conoce mi cara, pero no sabe por qué. Si oye mi nombre, sabe que le es enormemente familiar, pero tampoco termina de ubicarlo.

Yo simplemente me limito a estar ahí, la miro, y me siento mal por no ser capaz de darle conversación. Pero es que no sé qué decirle, de qué hablar con ella. Hace más de dos meses que, cada vez que la veo, solo puedo pensar en lo rápido que han cambiado las cosas, cosas que siempre habían sido de una manera, y que en un espacio temporal de días se dieron la vuelta de una forma radical y siniestra. Me entristece profundamente. Es como si ella no fuera ya la misma persona, la Juanita de toda la vida, la Juanita de "Modesto y Juanita". Ya no está en su casa, ya no está con Modesto. Y ella, quizás por suerte, no lo sabe.

Así que ahí estamos las tres, mirándonos unas a otras, tres generaciones de la misma familia sentadas en torno a una mesita de la cafetería, una Fanta de naranja y una Coca-Cola que compartimos mamá y yo. Ella se afana por hacer que hable, Juanita contesta sin demasiado entusiasmo y con frases muy cortas, normalmente repitiendo lo último que hayamos dicho una de las dos. Se queda con la mirada en el infinito. Me pregunto qué pasará por esa cabeza. A quién recuerda, dónde supone que está, qué edad cree que tiene ahora mismo. El otro día decía tener veintidós. Hace un par de años leí un libro de Javier Marías, "Todas las almas", del cual el personaje que más me llamó la atención era precisamente uno secundario, llamado Will, un anciano que parecía vivir en una dimensión ajena al tiempo, y que cada día se levantaba en un momento diferente de su vida. Me pregunto si a Juanita le pasará algo parecido, si es eso lo que hace el alzheimer con ellos.

Jane, uno de mis personajes, está inspirado en ella. Pero la verdad es que no se parecen prácticamente en nada. Cuanto más moldeo la personalidad de Jane, más dista de lo que fue la de Juanita. Creo que Daryl y ella son una idealización de mis abuelos, un cuento edulcorado con final feliz. Pero qué le voy a hacer... Me gustan las historias con buenos finales. Aunque hayan nacido de realidades mucho más agrias. Como decía Nietzsche, tenemos arte para no morir de la verdad.



En mi cuento, Daryl sigue estando ahí con ella, aunque nadie pueda verle.