Lucía Rodríguez González
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martes, 20 de noviembre de 2012

La pesadilla de Ockham


Una idea, un mensaje, una emoción, se pueden transmitir de múltiples formas. Sin embargo, ya se trate de ciencia, de literatura o de arte, cuanto más concisamente es emitido, más claro lo percibe el receptor, e incluso con un nivel de impacto muy superior.

Últimamente tengo muchas pesadillas, pero no son como las de antes. El nivel de sutileza y en algunos casos de cruel brevedad que han alcanzado es sorprendente, aunque no tanto como escalofriante. El efecto es brutal. 

Un rostro llorando, sólo eso. Apenas dura un instante, pero es terrible. Sé quién es, sé por qué llora. No hay nada más. Ni un sonido, ni un color. Pero me ha hecho despertar con un terror difícil de describir acelerándome tanto el pulso que he podido ver cómo se me apretaba el corazón contra el pecho bombeandobombeandobombeando bombeando bombeando, bombeando, bombeando… Bombeando. Bombeando.

Bombeando.

Solamente ha sido un sueño, el más corto y simple de todos.

Y un rostro llorando… Sólo eso. 

lunes, 26 de septiembre de 2011

Alzheimer.

            Hace mucho calor. Me gusta más el aire fresco de la sierra, la brisa otoñal del pueblo. Qué limpia está la ventana. Parece agua. Río. Padre a veces va a pescar… luego cenamos truchas. ¿Qué casas son esas que veo a través del cristal? No las conozco. No son como las otras del pueblo. Se lo comento al anciano que está sentado a mi lado. Él asiente… No diviso el campo. ¿Estará detrás de esas casas? Tengo calor… Está anocheciendo. Y yo no estoy en casa. ¿Dónde está madre? Debe estar ya preparando la cena… el anciano me acaricia el pelo. Quizás se siente solo. Yo no puedo quedarme más, madre me está esperando en mi casa. Se lo explico a él, y me responde en tono cansino, pero con dulzura.

-Estás en tu casa. Tu madre no te espera. Pero aquí tienes a tus hijos, míralos, han venido a verte.

            Él señala a tres hombres, todos de mediana edad, sentados junto a nosotros, que  nos están mirando. Los conozco. Mucho. Los quiero. Pero yo no tengo hijos. Ni siquiera estoy casada todavía. Miro al anciano para decírselo, y entonces reconozco en su rostro sus ojos pardos, su sonrisa. Sé quién es. Anoche bailó conmigo. Pero anoche era joven y bien parecido. Miro a los otros. Se le parecen.

            Y entonces lo entiendo. Anoche, al acostarme, les pedí un deseo a las estrellas: compartir mi vida con ese joven. Es magia. Y les regalo a todos la más feliz de mis sonrisas.





(...A mis abuelos.)

lunes, 22 de noviembre de 2010

Eterno villano



Caperucita camina feliz entre los apagados abetos. Su capa rubí luce aún más en medio del denso verdor, y sus trencitas doradas parecen enroscarse alegremente con el aire húmedo del bosque. Tarareando su dulce cancioncilla, hace caso omiso de las sensatas palabras de su mamá y para, sólo un momentito, a recoger unas hermosas florecillas.

Es el momento de que llegue el Lobo. Y ahí aparece, enorme y pardo, con sus ojazos fieros y sus fauces asomando siniestramente entre los recovecos de una maliciosa sonrisa… Un momento. ¿Dónde está su maliciosa sonrisa?

-¿Dónde vas, Caperucita?
-¡A casa de mi abuelita!

Claro. Lobo ya lo sabe, siempre va a al mismo lugar desde hace siglos. ¿Tiene que seguir preguntándoselo? Ahora se supone que él dice “¿Y qué le llevas?”. Y ella repetirá, con su vocecilla cantarina, ‘¡Tortitas y miel!’.
Entonces se da cuenta de que está cansado. Ya no quiere comerse a Caperucita, ni disfrazarse con las ropas de la abuelita, ni morir otra vez al final a manos del cazador. Es injusto… él no eligió ser el malo. Así que toma una decisión.

-Deberías darte prisa, se va a hacer de noche.

Y da media vuelta, dejando anonadada a Caperucita.


Creo que...


...No existe la predestinación. Nosotros forjamos nuestro futuro con cada una de nuestras elecciones: "No hay camino; se hace camino al andar".


...Aunque parezca imposible, el cuento entero puede cambiar si uno de los personajes, sea protagonista o secundario, decide hacer algo nuevo.


Son cosas que, en la práctica, a veces olvidamos.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Microrrelato

¿Cuántas cosas pueden contarse en un relato de 200 palabras?



A mí, por lo general, se me queda pequeño. Pero bueno, todo es ponerse, ¿no?, y además es entretenido (aunque a veces muy cabreante cuando te sobran dos palabras pero no puedes quitar ninguna más o el relato se convertirá en un telegrama)







William



Fue el último sonido que emitió la desgastada pluma sobre la áspera superficie del pergamino. Contempló con el corazón palpitante aquel montón de papel manuscrito; su caligrafía, que había comenzado exquisita, había llegado al final descuidada y distorsionada, como un hermoso ser que muta de pronto o una niñita que, en lo que tardan en leerse unas cuantas páginas, se arruga como se marchitan las rosas. No obstante, era sencillamente perfecta. William sentía tal emoción al recordar los últimos versos, que su respiración y su pulso se agitaron y, sin querer, partió la punta de la pluma sobre el pergamino, junto a la última palabra. Aquella paz embriagaba y excitaba sus sentidos; nada importaría hasta que volviera a asomar su afilada nariz al exterior y a contemplar su pobre mundo. Se percató de que su vista se empañaba, sintió calor en los ojos y una lágrima tibia rodó libremente a lo largo de su mejilla. Elevó la mano para secársela, pero lo pensó mejor, y volvió a posarla sobre el escritorio. La lagrimita se dejó caer liviana sobre el manchón de tinta que había surgido al romperse la pluma, convirtiéndolo en la silueta de una rosa negra. Era, simplemente, perfecto.