Lucía Rodríguez González

lunes, 22 de noviembre de 2010

Eterno villano



Caperucita camina feliz entre los apagados abetos. Su capa rubí luce aún más en medio del denso verdor, y sus trencitas doradas parecen enroscarse alegremente con el aire húmedo del bosque. Tarareando su dulce cancioncilla, hace caso omiso de las sensatas palabras de su mamá y para, sólo un momentito, a recoger unas hermosas florecillas.

Es el momento de que llegue el Lobo. Y ahí aparece, enorme y pardo, con sus ojazos fieros y sus fauces asomando siniestramente entre los recovecos de una maliciosa sonrisa… Un momento. ¿Dónde está su maliciosa sonrisa?

-¿Dónde vas, Caperucita?
-¡A casa de mi abuelita!

Claro. Lobo ya lo sabe, siempre va a al mismo lugar desde hace siglos. ¿Tiene que seguir preguntándoselo? Ahora se supone que él dice “¿Y qué le llevas?”. Y ella repetirá, con su vocecilla cantarina, ‘¡Tortitas y miel!’.
Entonces se da cuenta de que está cansado. Ya no quiere comerse a Caperucita, ni disfrazarse con las ropas de la abuelita, ni morir otra vez al final a manos del cazador. Es injusto… él no eligió ser el malo. Así que toma una decisión.

-Deberías darte prisa, se va a hacer de noche.

Y da media vuelta, dejando anonadada a Caperucita.


Creo que...


...No existe la predestinación. Nosotros forjamos nuestro futuro con cada una de nuestras elecciones: "No hay camino; se hace camino al andar".


...Aunque parezca imposible, el cuento entero puede cambiar si uno de los personajes, sea protagonista o secundario, decide hacer algo nuevo.


Son cosas que, en la práctica, a veces olvidamos.

martes, 19 de octubre de 2010

¿Realismo o fantasía?

La claridad en la ciencia es necesaria; pero en la literatura, no. Ver claro en el misterio es literatura.

(...)

La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge, y la vida no.


(Pío Baroja)



Tenemos arte para no morir de la verdad.

(Friedrich Nietzsche)

martes, 12 de octubre de 2010

El Presente

Año 2008

Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos.
Aunque quizás parezca algo infantil, a veces me gusta creerlo, o intentar creerlo al menos. Me resulta hermoso pensar que todo lo que nos parece cambiante, todo lo que vemos nacer, crecer o menguar, y finalmente terminar, es realmente tan eterno como esto en lo que nuestra existencia se encuentra. Creo que es reconfortante. Y quiero creer que es verdad.

***

Año 1492

El mercado está a rebosar. Las gentes se agolpan y vociferan junto a los puestos, desde los cuales los afanados vendedores gritan presentando sus productos, intentando atraer la atención de los abulenses que pasan frente a ellos. A la puerta de la catedral, una multitud se congrega en torno a un grupo de músicos ambulantes, acompañando con palmas la alegre melodía de sus dulzainas.

En medio de todo el barullo, un joven avanza raudo llevando un pequeño objeto en sus manos, tratando en vano de evitar los empujones y codazos de la muchedumbre. La calle le huele a personas, a cuero, a verduras que han pasado demasiado tiempo al sol, a las hierbas secas y fragantes que algunos comerciantes exhiben en cajones de madera, a sudor y al pelaje de los animales. El calor del recientemente comenzado agosto hace además que todos estos olores resulten aún más fuertes; no hay apenas nubes, la sombra es escasa pues casi es mediodía, y desde lo alto el brillo del sol se refleja en los cabellos pardos de una muchacha judía que le distingue aun estando a lo lejos.

Le ve dirigirse hacia la que llaman Calle de la Muerte y la Vida, y salir mirando antes a uno y otro lado. Ella sonríe, pues sabe muy bien adónde va, pero aparta rápidamente de él la mirada al notar la vigilancia de su padre tras de sí. Sabe que él jamás lo aprobaría pues el joven es cristiano, el hijo del herrero. Nunca han podido hablar, pero llevan meses encontrándose sus miradas allí mismo, en el mercado, en el mismo lugar en que se vieran por primera vez.

-¡Sara! ¡Sara!

Su madre la llama. Está haciendo señas para que se acerque al puesto que está mirando ella. Va hacia allí con obediencia, y sin escuchar las palabras de la mujer se limita a asentir a sus divagaciones, y a mirar al tendero sin tan siquiera saber de qué está hablando. Su mente está algo más lejos, fuera, en la parte externa de la muralla, cerca de la Puerta del Alcázar, donde sabe que el hijo del herrero está escondiendo otro pequeño tesoro para ella, para que lo encuentre después. También ella le deja siempre otra cosa a cambio, una flor, un pedazo de tela, siempre en el mismo hueco en la piedra de la muralla.

***

Año 1895

Pronto empezará el invierno. Es una mañana gris, en la que los rayos del sol parecen luchar por asomarse entre las nubes densas que han acompañado a noviembre y no parecen tener intención de marcharse todavía. Hace frío, y a pesar de todo por la calle pasan numerosos transeúntes generosamente abrigados, incluso más de uno lleva un paraguas colgando del brazo.
Hay una niña pequeña, de unos seis o siete años, que va caminando por la acera de la mano de su padre. La muralla queda ante ellos. Nunca había llamado especialmente su atención, pero entonces se percata de algo que le produce una enorme curiosidad: algunas de las piedras tienen agujeros. Sin atender a la explicación de su padre, se suelta de pronto y echa a correr hacia la muralla. Quiere verlo más de cerca.

***

El hijo del herrero no ha tardado ni un suspiro en llegar junto a la puerta de la muralla donde sabe que ella buscará el pequeño objeto. Con más delicadeza de la que cabría esperar de sus hoscas manos, callosas y curtidas a pesar de su juventud por el trabajo diario, lo deposita cuidadosamente en el hueco de la piedra, como siempre. Sonríe satisfecho. Está seguro de que nadie más le ha visto dejar allí su pequeña señal, y se alegra de ello; es sólo para ella. Mientras se dispone a volver, un hombre de aspecto corpulento le sale al paso. Tiene el ceño fruncido, sus ojos oscuros son amenazantes. Trata de esquivarle, pero el hombre le detiene, agarrándole firmemente del cuello y estampándolo contra la pared, elevándolo ligeramente, de modo que se ve obligado a permanecer de puntillas. No entiende las razones de esta persona para querer hacerle daño; él no tiene nada que pueda darle. Mientras le habla con voz ronca, el muchacho puede sentir temblando de miedo cómo esos dedos ásperos sujetan su cuello, apretándolo, casi sin dejarle respirar. Intenta en vano zafarse de la presa que ejerce la enorme mano sobre él.

-Mi hija no es para ti, muchacho. No volverás a estar cerca de ella y no volverás a mirarla. Espero no tener que volver a cruzarme contigo, porque te mataré si eso ocurre. ¿Has entendido?

El joven asiente repetidas veces, jadeando.

-Tú no atarás a mi hija lejos de su familia. Más te vale olvidarla a ti también.

Con un movimiento brusco, le suelta empujándolo hacia el suelo, contra el que se golpea tosiendo. Cuando vuelve a levantar la mirada, ve cómo se aleja a grandes pasos y dobla una esquina a la derecha, perdiéndose entre las calles grisáceas.

***

Cuando llega hasta ella, la pequeña mira hacia arriba y se siente diminuta. Arrugando la frente, repasa con sus ojos oscuros toda la sólida superficie gris, tan gris como el cielo de ese día. Al extender la mano y tocar la piedra y el hueco, se da cuenta de que también está tan fría como la mañana. Aún así, acaricia el vetusto muro, y mete los deditos entre sus grietas. Una de ellas es lo suficientemente amplia como para que quepa su mano hasta la muñeca, y entonces palpa algo distinto ahí dentro. Saca la mano, se inclina, intenta distinguir de qué se trata, pero la luz no se lo permite. Mientras su padre cruza la calle para ir en su busca, harto ya de gritar su nombre para que acuda, la niña vuelve a introducir la mano y saca el objeto que tocó antes en la oscuridad. Es una peonza.

-¿Acaso no me oyes? Vamos, ven. Nos tenemos que ir.

Ella abre la mano y le muestra lo que ha encontrado, mirando su pequeño tesoro casi con devoción.

-Encontré una peonza.

El padre olvida por un momento su enojo y echa un vistazo al juguete. Su estado es bastante lamentable; parece ser viejísimo. Desde luego, no es nada que él le haya comprado a su hija.

-¿Dónde la has encontrado?
-Aquí mismo, en un hueco en la muralla.

Él sonríe, y acaricia la cabeza de la pequeña.

-Deberías dejarlo de nuevo donde estaba. Seguramente ya pertenece a alguien que ha querido esconderla ahí.

La niña le mira con expresión de extrañeza.

-¿Y por qué iban a esconderla?
-Eso no podemos saberlo. Pero quizá quien lo hiciera vuelva pronto a buscarla, ¿no te parece?

Ella parece comprenderlo, y, tras acariciarla por última vez, asiente a las palabras de su padre y vuelve a esconderla en la misma grieta. Luego agarra otra vez la mano cálida del hombre, y le sonríe.

-Está escondida porque es un tesoro.

***

Estoy viendo los coches pasar ante mí, por la calzada. Los transeúntes van y vienen a lo largo del Mercado Grande, unos parsimoniosos, otros a paso más ligero. Hablan, gritan, se sientan, se levantan, beben o comen en las terrazas. Muchos cruzan por el paso de peatones hacia donde me encuentro yo, para luego bajar hacia el Rastro, subir por la calle arriba o atravesar la Puerta del Alcázar, junto a la que me siento ahora mismo con la espalda apoyada en la pared de piedra. Algunos se detienen a corta distancia de mí, contemplando la blanca estatua de la Santa, y se hacen fotos con ella. De todas las cosas que ahora mismo están ocurriendo a mi alrededor, de todas estas personas, vehículos, casas, los pájaros que pasan sobre nosotros, la hierba sobre la que descanso... Me doy cuenta de que estoy apoyada en el más anciano ser de mis alrededores. Como si todo se moviera, menos la muralla y yo. Como si estuviera reposando sobre una tabla de náufrago en medio de un mar de cambios. Como si fuera posible.

Pronto llegará la primavera.

***

El alba anuncia un día largo de pesares y sufrimiento, a pesar de lo hermoso de la madrugada. A la vez que el amanecer rasga el cielo aún malva con los primeros rayos del sol del verano, multitud de familias judías atraviesan las puertas de la muralla para marcharse de la ciudad. Prefieren no demorarse más. Muchos se han acercado a ellos para despedirse y verles partir, y algún otro se ha mimetizado entre la gente para lanzarles cobardes insultos que han sonado débiles y son acallados de inmediato por el sabor de la pena y la despedida.

Un jovencito les contempla marchar con los ojos entrecerrados y la mente en otra parte.

Una muchacha de las que parten, acomodada sobre un burrito marrón, mira con ojos húmedos la muralla mientras se alejan lentamente. La Puerta del Alcázar queda ya lejos, y desea grabarla a fuego en su mente, pues sabe bien que no volverá a verla. Una lágrima caliente rueda por su mejilla mientras va envejeciendo el día y el sol se hace más fuerte en lo alto.


Él nunca fue a buscar la peonza, por si acaso ella regresara alguna vez para descubrir su tesoro, entre las piedras de la muralla.

***

Parménides decía que, en realidad, el tiempo no existe; que lo único que hay es un eterno presente, en el que se encuentran recogidos todos los infinitos momentos.

Si esto es así, significaría entonces que ahora, en este mismo instante, puede que incluso en este mismo lugar en el que yo estoy sentada, alguna otra persona perteneciente a cualquier otra época está respirando igual que yo lo hago. Ahora mismo alguien está cazando un mamut, y Einstein está dando forma en su cabeza a la teoría de la relatividad al tiempo que Colón llega a un continente hasta entonces desconocido y Cervantes escribe el Quijote. Ahora mismo yo estoy viviendo, y también naciendo y muriendo a la vez, al igual que ellos, al igual que todas las personas y todos los seres.

Creo que el pararme aquí y cerrar los ojos, perderme en la negrura que hay detrás de mis párpados mientras el mundo se mueve, hace ruido y brilla a mi alrededor, me ha ayudado a comprenderlo realmente.

A lo mejor no es nada. Ni siquiera tiempo. A lo mejor no es más que una simple forma de percepción de nuestra propia existencia. En fin... No creo que llegue a saberlo nunca.

Al levantarme buscando el apoyo en la piedra, mis dedos se han colado por una de sus viejas grietas. Siento el tacto de algo que está menos fresco y menos duro, y los saco rápidamente con cierta aprensión. Sin embargo, la curiosidad me puede y me asomo a descubrir lo que es. No tendría por qué ser nada especial, pero su superficie lisa y redondeada ha llamado mi atención. La luz no llega al interior, así que aprieto los labios e intento sacar el pequeño objeto.

La sorpresa se ve reflejada en mi cara cuando descubro que es una pieza ennegrecida, tremendamente desmejorada, y aún así tiene el mismo halo extraño que rodea a los niños cuando duermen, la tranquilidad de la infancia. Acabo de descubrir que se trata de una peonza. Sonrío. ¿Desde cuándo llevará ahí?

Siguiendo algún impulso de mi interior que ni comprendo ni me esfuerzo en desentrañar, devuelvo con cariño la peonza al lugar del que la he cogido, y después me sacudo los vaqueros y echo a andar calle abajo. El cielo está muy azul. No diviso ahora ninguna nube.
Mis pies parecen caminar independientemente de mi cerebro; parece como si mis pasos ya estuvieran marcados en la acera.

No sé... seguramente no fuera nada especial. No, en realidad no lo es.

Y, no obstante, he sentido la misma emoción recorrer mi cuerpo que si hubiera encontrado un viejo regalo, un presente... un verdadero tesoro.





viernes, 20 de junio de 2008

A propósito de la anterior entrada...

NOTA: Antes de leer esta entrada, es necesario leer la anterior; así podréis entenderla y, además, no se os reventará el final del Relato Extraño I... jejeje...

Os parecerá raro, o demasiado "peliculero", pero esto me sucedió en septiembre del 2007, unos días antes de volver al instituto.

Este tipo de cosas te hacen pensar mucho, no sólo en estas cosas de la Filosofía tipo Matrix, planteándote si siempre serás capaz de discernir entre la vigilia y el sueño, sino también en esos temores oscuros, los más profundos, los que guardas en tu interior desde que eras casi un bebé, y que de vez en cuando vuelven a asaltarte cuando menos te lo esperas.

Yo sé muy bien quién era esa vieja, (la llamo despectivamente a propósito, porque la odio), como lo había sabido, como dije en el relato, desde el primer momento en que la percibí en el sueño.

Es la bruja, mi bruja personal, esa bruja que nació la primera vez que vi "Blancanieves", (imaginaos los años que tendrá...), y, aunque parezca bastante tonto, -incluso a mí me lo parece-, no resulta tan fácil librarse de ella, especialmente cuando jugamos en el campo del subconsciente.

En fin, afortunadamente ya no necesito esconderme cada noche, cuando mi madre me obliga a apagar la luz, debajo de las sábanas y las mantas por mucho calor que tenga, o de temer subir al trastero cada vez que tengo que hacerlo... Y, sin embargo, creo que nunca dejaré de tenerle cierta aprensión a estas situaciones... Como si la bruja, aún con esa sonrisa macabra, quisiera recordarme a veces que, aunque haya conseguido dominarla, ella permanece ahí dentro. "No me olvides", eso es lo que me dice.

Relato extraño nº 1. La vieja.

Suena el timbre de la puerta.

Su sonido me resulta especialmente molesto ahora, que había conseguido volver a conciliar el sueño después de que todos se fueran a trabajar. En un primer momento decido que no me apetece levantarme. "¡Que vuelvan más tarde, si es tan importante!". Sin embargo, lo vuelven a tocar insistentemente. Irritada, me incorporo en la cama y me quedo sentada en ella, y, mientras meto los pies en las zapatillas, percibo algo extraño muy cerca.

Mi habitación, que tiene la puerta abierta de par en par, da al pasillo que lleva al baño. El pasillo no es especialmente amplio, como tampoco lo es mi habitación, y siempre veo cuándo alguien pasa por ahí.

Se supone que estoy sola en casa hasta las dos de la tarde, por lo que se me ha cortado la respiración al ver de medio lado, mientras me agachaba sobre mis pies, una silueta pasando a paso rápido delante de mi puerta por el pasillo.
Despacio, intentando evitar hacer ruido incluso cuando inspiro y espiro, me levanto, voy de puntillas hasta mi puerta y asomo la cabeza por el pasillo.

Noto cómo se me hiela la sangre, desde los pies hasta la misma frente, cuando compruebo que efectivamente hay una persona en el baño, de espaldas a mí pero frente al espejo, y ahogo un grito de terror cuando veo reflejado en él el rostro de una anciana muy pálida y demacrada, de ojos hundidos y una sonrisa extraña, divertida, tal vez, que me devuelve la mirada desde la lisa superficie. Es una sensación horrible el sentir que estoy allí plantada, en medio del pasillo, desprotegida y de piedra, a la vez que me atraviesa el alma con esos ojos, uno, de un azul vivo terrible; el otro, de iris blanco, opaco, aunque no me atrevería a decir que ciego.

Curiosamente, desde el primer instante en que la he visto me ha inspirado un profundo miedo, un temor de esos que creía que tenía dormidos muy dentro de mí desde hacía mucho tiempo, algo que ya casi ni recordaba, como igualmente supe enseguida que no era alguien bondadoso; con sólo verla, o, quizás desde que he notado su presencia aun antes de verla, la he identificado como sobrenatural, diabólica, incluso, aunque nunca me atreva a reconocerlo ante mí misma.

No sé de dónde he sacado las fuerzas, pero resulta ser un verdadero alivio el haber chillado con todas mis fuerzas, aunque ella ni siquiera se ha inmutado, sino que ha seguido sonriéndome desde esa cara cubierta de arrugas y extrañas cicatrices similares a quemaduras, y sorprendentemente he conseguido arrancar a correr hacia fuera de la casa, salir hacia el corredor que conecta con la entrada principal y agarrar con fuerza la manilla de la puerta, abrirla con histeria para salir a la calle, y justo cuando estoy saliendo...


El perseverante sonido de nuevo. Es el timbre, llamándome lo suficientemente fuerte como para hacerme por fin abrir los ojos. Con la respiración aún agitada, compruebo que continuaba tumbada en la cama, arropada hasta el cuello. Había tenido sueños raros, pero ninguno similar a éste; tan real, que no había logrado distinguir entre la vigilia y la horrenda pesadilla. En ningún momento me había levantado tras escuchar los timbrazos, sino que únicamente habían llegado hasta mis oídos mientras dormía y me he imaginado todo lo demás.

Sonriendo, por un lado riéndome de mí misma y por el otro interiormente agradecida por haber despertado, me levanto y salgo al pasillo. Instintivamente echo un vistazo rápido hacia la izquierda, hacia el baño, porque todavía tenía una extraña sensación, pero, tal y como esperaba, allí no hay nadie. Salgo, abro la puerta tal y como hacía unos segundos lo había hecho, y...

Trato de gritar, pues me hubiera desgarrado la garganta con tal de haber podido emitir algún sonido, y sin embargo, esto es demasiado ya para mí. Ahí, ante mí, está la vieja, sonriéndome igual que hacía un momento en el sueño.

Cierro la puerta bruscamente y con toda la fuerza de que soy capaz, según me ha parecido, justo contra su cara, que tanto miedo me dá.



¡¡¡¡¡DIIIINGGG-DOOONG!!!!!


¿¡Pero qué...!?

Esta vez sí, me levanto de un salto. ¿Será posible que aún estaba durmiendo en mi cama? Miro a un lado y a otro, palpo las sábanas, mi pelo, mi cara, el suelo. ¿Estoy soñando ahora también, o por fin me he despertado de verdad? Esto empieza a asustarme. ¿Acaso me he convertido en una desequilibrada mental -más aún, quiero decir*-?

La persona que estaba afuera se ha cansado de tocar al timbre y ha decidido empezar a golpear la puerta. Me levanto, sin tomarme siquiera la molestia de ponerme las zapatillas, y lo primero que hago es dirigirme hacia el baño. Lo escudriño todo, incluso el interior de la bañera, y no salgo al pasillo hasta haberme asegurado de que nadie hay ahí.

De camino hasta la entrada, no hago más que mirar de un lado a otro, con nerviosismo. Cuando me encuentro frente a la puerta, espero unos segundos antes de extender la mano y atreverme a abrir.

Finalmente lo hago, en un gesto rápido y preparándome por si tengo que echar a correr, y a quien encuentro en el porche es a uno de los hombres del pueblo, de edad ya avanzada, con su camisa blanca remangada hasta los codos, su pantalón azul y sus botas llenas de barro, que me observa confundido ante mi reacción por debajo del ala de su sombrerito amarillo de paja.

Tartamudeando y ciertamente avergonzada, le saludo y él me tiende una bolsa repleta de lechugas, un detalle que se le ha ocurrido traernos ahora que volvía de su huerto, y le doy las gracias sonriendo e intentando ser todo lo agradable que puedo. Cuando se ha marchado, cierro la puerta y dejo la bolsa en la encimera de la cocina, sintiéndome totalmente estúpida.

No obstante... Todavía sigo esperando un nuevo timbrazo que me saque otra vez de mis pensamientos.



(*) Siempre es necesario algún pequeño toque de humor, ¿no?

miércoles, 14 de mayo de 2008

Microrrelato

¿Cuántas cosas pueden contarse en un relato de 200 palabras?



A mí, por lo general, se me queda pequeño. Pero bueno, todo es ponerse, ¿no?, y además es entretenido (aunque a veces muy cabreante cuando te sobran dos palabras pero no puedes quitar ninguna más o el relato se convertirá en un telegrama)







William



Fue el último sonido que emitió la desgastada pluma sobre la áspera superficie del pergamino. Contempló con el corazón palpitante aquel montón de papel manuscrito; su caligrafía, que había comenzado exquisita, había llegado al final descuidada y distorsionada, como un hermoso ser que muta de pronto o una niñita que, en lo que tardan en leerse unas cuantas páginas, se arruga como se marchitan las rosas. No obstante, era sencillamente perfecta. William sentía tal emoción al recordar los últimos versos, que su respiración y su pulso se agitaron y, sin querer, partió la punta de la pluma sobre el pergamino, junto a la última palabra. Aquella paz embriagaba y excitaba sus sentidos; nada importaría hasta que volviera a asomar su afilada nariz al exterior y a contemplar su pobre mundo. Se percató de que su vista se empañaba, sintió calor en los ojos y una lágrima tibia rodó libremente a lo largo de su mejilla. Elevó la mano para secársela, pero lo pensó mejor, y volvió a posarla sobre el escritorio. La lagrimita se dejó caer liviana sobre el manchón de tinta que había surgido al romperse la pluma, convirtiéndolo en la silueta de una rosa negra. Era, simplemente, perfecto.







martes, 13 de mayo de 2008

El Guardador de Rebaños


Hay metafísica bastante en no pensar nada.

¿Qué pienso yo del mundo?

¡Qué sé yo lo que pienso del mundo!

Si me enfermara pensaría en eso.

¿Qué idea tengo yo de las cosas?

¿Qué opinión tengo sobre las causas y los efectos?

¿Qué es lo que he meditado sobre Dios y el alma

y sobre la creación del mundo?

No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos

y no pensar,

es correr las cortinas

de mi ventana (pero no tiene cortinas).

¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es el misterio!

El único misterio es que haya alguien que piense en el misterio.

Quien está al sol y cierra los ojos,

comienza a no saber lo que es el sol

y a pensar muchas cosas llenas de calor.

Pero si abre los ojos y ve el sol,

y ya no puede pensar en nada,

es porque la luz del sol vale más que los pensamientos

de todos los filósofos y de todos los poetas.

La luz del sol no sabe lo que hace

y por eso no se equivoca y es común y buena.

*

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen aquellos árboles?

La de ser verdes y tener copa y ramas

y la de dar fruto en su hora, lo que no nos hace pensar,

a nosotros, que no sabemos entenderlos

¿Pero qué mejor metafísica que la de ellos

que es de no saber para qué viven

ni saber que no lo saben?

"Constitución íntima de las cosas..."

"Sentido íntimo del Universo..."

Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.

Es increíble que se pueda pensar en cosas de esas.

Es como pensar en razones y fines

cuando el comienzo de la mañana está rayando y por los lados de los árboles

un vago oro lustroso va perdiendo la oscuridad.

*

Pensar en el sentido íntimo de las cosas

es, acrecentando, como pensar en la salud

o llevar un vaso al agua de las fuentes.

El único sentido íntimo de las cosas

es que ellas no tienen sentido íntimo ninguno.

No creo en Dios porque nunca lo vi.

Si Él quisiera que yo creyera en Él,

sin duda vendría a hablar conmigo

y entraría adentro por mi puerta

diciéndome: ¡Aquí estoy!

(Esto es tal vez ridículo a los oídos

de quien, por no saber lo que es mirar las cosas,

no comprende a quien habla de ellas

con el modo de hablar que reparar en ellas enseña)

Pero si Dios es las flores y los árboles

y los montes y el sol y el luar,

entonces creo en Él.

Entonces creo en él a toda hora,

y mi vida es una oración y una misa,

y una comunión con los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es los árboles y las flores

y los montes y el luar y el sol,

¿Para qué le llamo Dios?

Le llamo flores y árboles y montes y luar;

Porque si Él se hizo, para que yo lo vea,

sol y luar y flores y árboles y montes,

si Él se me aparece como árboles y montes

y luar y sol y flores,

es que Él quiere que yo lo conozca

como árboles y montes y flores y luar y sol.

Y por eso yo lo obedezco (¿qué más sé yo de Dios, que Dios de sí mismo?),

le obedezco viviendo, espontáneamente,

como quien abre los ojos y ve,

y le llamo luar y sol y flores y árboles y montes,

y lo amo sin pensar en Él,

y lo pienso viendo y oyendo,

y ando con Él a toda hora.

*

*

Fernando Pessoa, El Guardador de Rebaños, V