Lucía Rodríguez González

miércoles, 22 de junio de 2011

Libre.

Creo que hacía más de un año y medio que no me sentía así al pasear por Salamanca en una noche de verano. Con esta paz, con esta alegría, con este alivio.

Lo único que lamento es haberme dado cuenta ahora. Pero es igual. Ningún tiempo es del todo perdido. Al fin he vuelto a donde empecé esta etapa de mi vida, y he descubierto que vuelvo a sentirme igual de bien, igual de viva, de inexperta, de ansiosa por redescubrirlo todo de nuevo. Incluso mejor todavía, pues ahora tengo a muchas más almas a las que querer.
Esta noche he buscado entre las luces y las sombras de la ciudad algún rastro de rencor, incluso de auténtica tristeza, de esa melancolía lúgubre, pesada, que me ha dejado como  huella esta sonrisa gris en la cara durante tantos meses. Y no lo he encontrado.

Lo único que veo ahora es todo lo que viene. Y es vida. Lo que aún no conozco. Lo mejor todavía no ha llegado. Como cuando llegué por primera vez a tierras salmantinas para quedarme.

Me he sentido muy joven. Era esto, solo esto, lo que tenía que pasar.

Soy libre. Y mejor aún. Soy feliz.

viernes, 17 de junio de 2011

Parábola


Érase de un marinero que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.

Estaba el jardín en flor, y el marinero se fue
por esos mares de Dios.



(Antonio Machado)

viernes, 6 de mayo de 2011

Pido la Paz y la Palabra (Blas de Otero)

Escribo
en defensa del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

miércoles, 13 de abril de 2011

Palabras de Caramelo, a un amigo

del que me acuerdo cada vez que el título de las cosas que escribo es la primera frase de las mismas.

Un amigo al que conocí hace ocho años, gracias a un libro muy dulce (y no sólo por el título),
un cuento precioso que hablaba del desierto y sus gentes, de un niño poeta, del Sol y la Luna, de camellos. De camellos color caramelo. : )

Pues sí, un amigo; un amigo a través de los libros y del tiempo.



Imagen:



lunes, 7 de marzo de 2011

Juguetea torpemente

con el estuche de las gafas de mamá. Lleva algunos segundos intentando abrir la tapa, que funciona con pequeños imanes, y al fin lo consigue, aunque, eso sí, del revés, así que deja caer la fina mopa de color malva que había guardada dentro.

-Mamá, ¿no quieres ponerte al teléfono? Es Conchi. Anda, ponte, y le cuentas que hoy te han llevado a la peluquería y lo guapa que te han dejado.

Mi madre, su hija, le pasa el móvil. Tiene que colocárselo en el oído y decirle que diga "Hola", porque Juanita, confundida, demuestra no estar segura siquiera de cómo cogerlo. Saluda, parece que reconoce la voz, aunque no sé si realmente sabe que está hablando con su hija, más bien me decanto por el no. Ni siquiera es consciente de que esta persona que le está tendiendo el teléfono es su otra hija, que ha venido a visitarla, y por supuesto no tengo esperanzas de que sepa quién soy yo. Supongo, por su forma de mirarme, que conoce mi cara, pero no sabe por qué. Si oye mi nombre, sabe que le es enormemente familiar, pero tampoco termina de ubicarlo.

Yo simplemente me limito a estar ahí, la miro, y me siento mal por no ser capaz de darle conversación. Pero es que no sé qué decirle, de qué hablar con ella. Hace más de dos meses que, cada vez que la veo, solo puedo pensar en lo rápido que han cambiado las cosas, cosas que siempre habían sido de una manera, y que en un espacio temporal de días se dieron la vuelta de una forma radical y siniestra. Me entristece profundamente. Es como si ella no fuera ya la misma persona, la Juanita de toda la vida, la Juanita de "Modesto y Juanita". Ya no está en su casa, ya no está con Modesto. Y ella, quizás por suerte, no lo sabe.

Así que ahí estamos las tres, mirándonos unas a otras, tres generaciones de la misma familia sentadas en torno a una mesita de la cafetería, una Fanta de naranja y una Coca-Cola que compartimos mamá y yo. Ella se afana por hacer que hable, Juanita contesta sin demasiado entusiasmo y con frases muy cortas, normalmente repitiendo lo último que hayamos dicho una de las dos. Se queda con la mirada en el infinito. Me pregunto qué pasará por esa cabeza. A quién recuerda, dónde supone que está, qué edad cree que tiene ahora mismo. El otro día decía tener veintidós. Hace un par de años leí un libro de Javier Marías, "Todas las almas", del cual el personaje que más me llamó la atención era precisamente uno secundario, llamado Will, un anciano que parecía vivir en una dimensión ajena al tiempo, y que cada día se levantaba en un momento diferente de su vida. Me pregunto si a Juanita le pasará algo parecido, si es eso lo que hace el alzheimer con ellos.

Jane, uno de mis personajes, está inspirado en ella. Pero la verdad es que no se parecen prácticamente en nada. Cuanto más moldeo la personalidad de Jane, más dista de lo que fue la de Juanita. Creo que Daryl y ella son una idealización de mis abuelos, un cuento edulcorado con final feliz. Pero qué le voy a hacer... Me gustan las historias con buenos finales. Aunque hayan nacido de realidades mucho más agrias. Como decía Nietzsche, tenemos arte para no morir de la verdad.



En mi cuento, Daryl sigue estando ahí con ella, aunque nadie pueda verle.

martes, 15 de febrero de 2011

Lo que conté una vez, micrófono en mano, hace hoy dos años.


Quizás podría haber escrito un sinfín de cosas bonitas, pero no quise hacerlo.

Podría incluso buscar ahora mismo las palabras más bellas que conozca, sí, las más conmovedoras, y, sin embargo, no voy a hacerlo.

Podría tratar de describir el azote agudo del miedo y la áspera voz de la metralla, resquebrajando el silencio suave que llega con la noche.
Intentaría imaginar cómo se siente el soldadito que permanece firme en su puesto, sosteniendo entre sus dedos la muerte, notando de pronto entumecidas las piernas al ver su propia angustia reflejada en ese espejo humano que es el enemigo. De lo bien que a los dos les enseñaron a odiar a quienes nunca han visto, y de cómo el cielo se tapa la cara con sus dedos de algodón para no verles caer, mientras llora.

Tal vez sería capaz de explicar por qué permanece eternamente quieta esa estatua en la que nos hemos convertido, que lleva tanto tiempo sentada que sus articulaciones se han atrofiado, y el musgo y la hiedra cubren hoy sus ojos y sus oídos, dejando tan solo a la vista unos labios pegados, en una mueca de inerte indiferencia.


Sin embargo, no voy a hacerlo.

Basta, basta ya de palabras vacías.


Porque la guerra la llevan a cabo los que luchan y la respaldan quienes se sientan y la contemplan callando.

Demasiadas cosas se han dicho ya de la paz.

¿Cuándo será el momento en que, además de hablar, nos levantemos,

y hagamos algo?

domingo, 13 de febrero de 2011

Desorden mental


Ayer encontraron una felicitación que te regalé en 1995. ¿O era del 94? Uno de esos dos años, de eso estoy segura. Por supuesto yo no me acordaba de tal cosa, pero cuando papá me la ha enseñado... No sé.

¿Sabes? No hago más que darle vueltas a "El Presente" (y al presente también). Te gustó mucho, lo sé. Y te aseguro que me hizo muchísima ilusión que me llamaras expresamente para decírmelo, para preguntarme cómo se me había ocurrido crear un personaje tan malintencionado como el padre de la pobre Sara, para contarme que lo habías leído ya varias veces y que seguirías haciéndolo porque no te cansaba nunca.

Yo sé que no era para tanto. Sé que de no haberlo escrito yo, seguramente te habría gustado mucho menos. Pero eso no me desanima. Lo cierto es que me alegra aún más. Supongo que es porque me importa más el cariño con el que pasaras los ojos sobre esas líneas que la calidad real de un relatillo que, la verdad, no vale mucho. Y solo lamento no haberte escrito muchos, muchísimos más. Y, sobre todo, siento muchísimo no haber escrito La Paparrasolla hace meses. Creo que pensar en que debía darme prisa con ese cuento me daba miedo.

Pero igualmente, quiero terminarlo. O empezarlo de nuevo. Porque todo lo que escriba en adelante, valga más o menos, sea mucho o poco (que, teniendo en cuenta lo perezosa que soy, será más bien poco), será también tuyo, y en cierta manera pensando en tus ojos recorriendo esas líneas, como te imaginé leyendo El Presente.

Todo esto no tiene mucho sentido, está escrito desordenadamente, sin tino. Tampoco me importa. Es... según lo voy pensando. Pero me apetecía decirte estas cosas.

No solo lo ha desatado esa felicitación. Era un pececito coloreado por una niña de tres o cuatro años, el papel estaba amarillento, los colores seguramente mucho menos vivos que cuando te lo llevara. Pero ahí lo tenías. Yo quería hablarte desde hacía mucho, pero hoy... ese pececillo me ha empujado definitivamente a soltar toda esta parrafada estúpida, aquí mismo, porque sí, porque al fin y al cabo, esto no lo lee nadie.

Y es así como acabo de ordenar las ideas. Siempre te ha encantado cualquier minucia que yo hubiera hecho, y lo has guardado y valorado como un tesorillo. No importaba que fuera un pez mal pintado, unos dibujillos hechos a lápiz en alguna sobremesa en que me aburriera, una canción o un relato sobre lo que es el tiempo. Y es que es eso, éso, por encima de todo, lo que me alienta a no dejarlo nunca del todo.

Quiero que sepas que yo también lo tengo todo bien guardado, justo aquí, en mi cabezota, y aquí, en el corazón. Los paseos a Riatas, las risas de que siempre fuera por delante "la andarina", el pez llamado Bella, la emoción de que llegaras a casa, desde los tiempos de Prado Sancho hasta los de Lanzahíta y los del piso nuevo de Ávila. Cuando jugábamos en los bancos de piedra de... ¿era San Andrés?... y la manada de cerdos volando de flor en flor... y el hombre que tiene más ojos que días tiene el año...

En definitiva, tú.

Creo que nunca había deseado tanto que Parménides tuviera razón.

Gracias. Acabaré esa Paparrasolla.