¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?
Cantan con voz de hombre,
¿pero dónde los hombres
..con ojos de hombre miran?
¿Pero dónde los hombres
..con pecho de hombre sienten?
...¿Pero dónde los hombres?
Cantan, y cuando cantan
parece que están solos.
Miran, y cuando miran
parece que están solos.
Sienten,..y cuando sienten
parece que están solos.
¿Es que ya Andalucía
se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces
no hay nadie?
¿Que en los mares y campos andaluces
no hay nadie?
¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?
¡Tantas cosas han muerto,
que no hay más que el poeta!
¡Cantad alto,
Oiréis que oyen otros oídos!
¡Mirad alto,
Veréis que miran otros ojos!
¡Latid alto,
Sabréis que palpita otra sangre!
No es más hondo el poeta
en su oscuro subsuelo encerrado.
Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire,
ya es de todos los hombres.
Rafael Alberti
sábado, 25 de febrero de 2012
martes, 13 de diciembre de 2011
A mi abuelo.
[ Escrito en abril del año 2005. ]
“La vida es un sueño para los que saben vivirla, una carga para los que sufren y un rompecabezas para quienes intentan comprenderla”.
Es un enunciado precioso, (de otra forma nunca lo hubiera escrito aquí), y que, si piensan en ello, tiene sentido. Y les diré que, aunque consigan comprender esa extraña frase que una vez se le ocurrió a una niña mirando las montañas, no lograrán explicarse qué es exactamente la vida. ¿Un regalo? ¿Casualidad? ¿Ciencia o religión? En estas cosas pienso algunas noches, en medio de la densa oscuridad, arropada hasta las cejas, pero con los ojos muy abiertos. Y recuerdo.
Una vez, cuando era aún demasiado pequeña para comprenderlo, le pregunté a mi abuelo si estaba triste por ser viejo y arrugado. Y él me contestó así: “Un día, saldrás por la noche al balcón de una casa silenciosa, y mirarás a los ojos de la luna extrañando tu niñez; entonces, te verás galopando sobre los caballos del viento, sobre montañas plateadas, y escucharás el llanto de los árboles condenados a morir; te encontrarás paseando por los cabellos del mar, azules y verdes como si de zafiros y esmeraldas se tratara; Llegarás a su frente dorada, y rozarán tus pies las saladas canas de la mar, que son la espuma.
Mirarás a ambos lados, y sus olas arrastrarán los sueños de la juventud. Abrazarás al anaranjado desierto en la hora de más calor, sintiendo la brisa fresca de los días de nieve en tus mejillas. Y nadando por un haz de luz blanca de luna, sumida en la más dulce tranquilidad, escucharás el horrible canto de la melancolía alejarse; mirarás a los ojos de la luna, incluso sin abrir los tuyos, y regresarás a tu balcón, en medio de un plácido silencio que sale de todas partes y de ninguna. Entonces, pequeña, comprenderás que no cabe la tristeza en ese océano de maravillosos recuerdos. Así como que la vejez no es la última etapa de tu vida, sino la prueba de si has sabido vivirla”.
¿Saben qué? Creo que mi abuelo era un genio. Y lo mejor es que tenía razón: la vida es una aventura que se acaba, y debes decidir cómo vivirla. ¿Por qué no convertirla en el más hermoso de los sueños?
Sólo guardo buenos recuerdos. Pensar en ti es recordar muchas y auténticas risas, chistes, juegos, cuentos, canciones, paseos. Ávila. La feria. Riatas. Serranillos. La Paparrasolla. La manada de cerdos volando de flor en flor. Las mañanitas que cantaba el rey David. Todo va siempre conmigo.
A mi abuelo Modesto, que me quiso tanto, y que siempre, siempre tuvo una sonrisa para mí.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
Existen lugares
en los que la mirada se confunde con el recuerdo,
Siempre existirán estos lugares, impresos en la mente y en los sueños de lo vivido. Son el equilibrio de los malos recuerdos.
lugares en los que se nos devuelven, como depósitos de viejas alegrías, sensaciones que ya creíamos olvidadas.
Su olor, el tacto de su suelo y de su brisa, el sonido de su entorno.
Todo ello junto hunde muy profundo sus raíces en la memoria, haciendo aflorar destellos... Destellos de nostalgia, de sonrisas escondidas, de vida.
Siempre existirán estos lugares, impresos en la mente y en los sueños de lo vivido. Son el equilibrio de los malos recuerdos.
Sí, también habrá siempre memorias tristes. Pero mucho más triste aún sería el olvido.
lunes, 17 de octubre de 2011
Mía es la voz.
Hermano, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola
Mía es la voz antigua de la tierra
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo
Mas yo te dejo mudo, mudo
¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?
León Felipe
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Alzheimer.
Hace mucho calor. Me gusta más el aire fresco de la sierra, la brisa otoñal del pueblo. Qué limpia está la ventana. Parece agua. Río. Padre a veces va a pescar… luego cenamos truchas. ¿Qué casas son esas que veo a través del cristal? No las conozco. No son como las otras del pueblo. Se lo comento al anciano que está sentado a mi lado. Él asiente… No diviso el campo. ¿Estará detrás de esas casas? Tengo calor… Está anocheciendo. Y yo no estoy en casa. ¿Dónde está madre? Debe estar ya preparando la cena… el anciano me acaricia el pelo. Quizás se siente solo. Yo no puedo quedarme más, madre me está esperando en mi casa. Se lo explico a él, y me responde en tono cansino, pero con dulzura.
-Estás en tu casa. Tu madre no te espera. Pero aquí tienes a tus hijos, míralos, han venido a verte.
Él señala a tres hombres, todos de mediana edad, sentados junto a nosotros, que nos están mirando. Los conozco. Mucho. Los quiero. Pero yo no tengo hijos. Ni siquiera estoy casada todavía. Miro al anciano para decírselo, y entonces reconozco en su rostro sus ojos pardos, su sonrisa. Sé quién es. Anoche bailó conmigo. Pero anoche era joven y bien parecido. Miro a los otros. Se le parecen.
Y entonces lo entiendo. Anoche, al acostarme, les pedí un deseo a las estrellas: compartir mi vida con ese joven. Es magia. Y les regalo a todos la más feliz de mis sonrisas.
(...A mis abuelos.)
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viernes, 26 de agosto de 2011
Desde la cárcel del tiempo (fragmento)
El silencio era agobiante entonces. La atmósfera que reinaba en el pequeño cuartito se había vuelto en apenas unos segundos harto sofocante, y el silencio era tan pesado, tan abrumador, tan absoluto, como para tener la certeza de que algo fuera de lo común estaba sucediendo allí, aunque no lo pudiéramos ver. A la vez, algo en mi interior me impedía articular palabra, aunque sabe Dios que lo que más deseaba en aquellos instantes era precisamente hablar, romper aquella calma fría y cortante, o mejor aún, chillar, agarrar a Mario de la mano y salir junto a él de la habitación inmediatamente. Sin embargo, nada de aquello hice, y no sabría explicar el por qué. Tampoco él fue capaz de nada más que mirarme mientras ambos, respirando entrecortadamente, nos decíamos con la mirada que no deberíamos estar allí.
Fue entonces cuando algo quebró la escarcha invisible que se estaba formando en torno a nosotros. Y no fue otra cosa que el sonido inconfundible de la máquina de escribir al llegar al final de un renglón; ese tintineo que normalmente me habría resultado incluso agradable al oído, y que sin embargo me hizo saltar como movida por un resorte, al igual que a Mario, cuyos ojos pude ver dirigirse con espanto hacia la máquina en cuestión, que, aun reposando en total soledad sobre el viejo escritorio, se recolocó al principio del siguiente renglón, como si alguien la hubiera golpeado levemente para obligarla a ello y poder continuar escribiendo. Aquello claramente era más de lo que mi mente, ya exaltada antes de haber visto semejante cosa, podía soportar.
Pero, como siempre, fue él quien sacó ese maravilloso valor suyo que tantas veces nos ha sacado a flote a los dos, y lo digo con toda la intención, pues así me sentí exactamente en aquella ocasión; como si, al cogerme del antebrazo y guiarme hacia la puerta, hubiera tirado de mí hacia la superficie haciéndome emerger de un pozo o de un lago helado. Ciertamente la inercia de aquella habitación siempre ejerció mucha menos fuerza sobre él que sobre mí, que me sumergía antes de darme cuenta en una especie de sueño extraño del que luego no me resultaba tan sencillo escapar. Me apresaba, sí, eso era, algo de aquel lugar me hacía presa dentro de mí misma… aunque, por supuesto, nosotros aún no éramos plenamente conscientes de aquello.
sábado, 30 de julio de 2011
De cuentos
- Surgen solos, sin pensarlo.
- ¿En serio? Es difícil de concebir. ¿Cómo pueden nacer por sí solos, inventarse a sí mismos?
- Bueno… no lo sé. Tampoco estoy segura de que sea exactamente eso. No… la verdad es que cuesta imaginarse que puedan aparecer sin más de la nada.
- ¿Entonces? Creí que era eso lo que estabas diciendo.
- No, no… verás, simplemente, están ahí. Están ahí, en mi cabeza, en la tuya, en la de cualquiera que piense en ellos, incluso… claro, ¿por qué no?, también en las de aquéllos que ya no piensan, o que nunca lo han hecho, o que nunca tuvieron la suficiente imaginación. Pero existen, los cuentos están ahí, es como su limbo, ¿entiendes?, esperando a que alguien les dé forma, los cuente o los escriba, o ambas cosas. Y entonces es cuando realmente nacen.
- Así que es… ¿como un río, por ejemplo?
- ¿Un río? Sí… sí, es un buen paralelismo. Un río que siempre está ahí, fluyendo, hasta que alguien se acerca a la orilla con un vaso y se atreve a coger de él un poco de agua y beberla.
- Eso es muy romántico. Muy becqueriano.
- Probablemente lo sea.
- Nunca me había parecida lógica esa idea. Nunca había podido creérmelo.
- Ya. Ni yo tampoco. Bueno… hasta ahora, claro.
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