Frente al espejo puedo verme allá donde estoy ausente, a la vez que me descubro ausente en el lugar donde estoy.
(Foucolt)
jueves, 15 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
De encuentros
Esto sucedió hace ya unos tres meses. Fue un encuentro extraño. Salí de casa como cualquier otra mañana, camino de la facultad. No hacía mal tiempo todavía, aunque noté el cielo particularmente opaco; no como uno de esos días (¡tantos!), típicos en Salamanca cuando es otoño, en los que al mirar hacia el frente desde Villalobos se puede ver la cúpula de la catedral hundiéndose entre las nubes, como si fueran una bufanda vaporosa y envolvente; ese día la bufanda era una manta, una manta gruesa y oscura que cubría el cielo y el suelo, a través de los charcos.
Cogí, como siempre que pretendo atajar, rumbo a la calle Serranos, y fue allí donde sucedió.
De pronto tuve la impresión de que los coches que pasaban detrás de mí se silenciaban; de que la gente que caminaba apresurada a mi alrededor se quedaba misteriosamente muda, se desvanecía, y el sonido de sus pasos pareció hundirse en el suelo entre los adoquines... El propio tiempo quedó sumido en un lapso acuoso, o esa fue mi sensación; como sumergirse por unos instantes en un pozo de cristal.
Sentí frío, y... vacío. El frío se remedia instintivamente acurrucándose uno sobre sí mismo, estrechándose contra el abrigo; pero ¿y el vacío? ¿cómo se combate el vacío? Ni siquiera había tristeza o miedo. Sólo un agujero, un agujero dentro de mí, y yo dentro del que se había formado afuera.
Entonces vi doblar la esquina hacia donde estaba yo a alguien, envuelto también en varias capas de ropa, con el rostro enjuto medio cubierto arriba por un gorro y abajo por el cuello de un jersey sin color. No es que fuera blanco; es que no tenía color alguno, porque en aquellos instantes fue patente el hecho de que los colores no existen.
Caminaba sin prisa en mi misma dirección pero en sentido opuesto. Ya no me acuerdo si me devolvió la mirada, pero aún puedo ver en mi mente con total claridad sus ojos, unos ojos horribles, helados, hundidos, del mismo color que su jersey, que no manifestaban nada: ni pena, ni alegría, ni agobio, ni ánimo; es como si pertenecieran a otro lugar o a otro tiempo, o a otro algo a lo que aún no hemos puesto nombre. Y más que caminar, por sus movimientos, parecía flotar; flotaba inexorablemente hacia alguna parte, y el camino hacia alguna parte pasaba justo junto a mí.
Entonces vi doblar la esquina hacia donde estaba yo a alguien, envuelto también en varias capas de ropa, con el rostro enjuto medio cubierto arriba por un gorro y abajo por el cuello de un jersey sin color. No es que fuera blanco; es que no tenía color alguno, porque en aquellos instantes fue patente el hecho de que los colores no existen.
Caminaba sin prisa en mi misma dirección pero en sentido opuesto. Ya no me acuerdo si me devolvió la mirada, pero aún puedo ver en mi mente con total claridad sus ojos, unos ojos horribles, helados, hundidos, del mismo color que su jersey, que no manifestaban nada: ni pena, ni alegría, ni agobio, ni ánimo; es como si pertenecieran a otro lugar o a otro tiempo, o a otro algo a lo que aún no hemos puesto nombre. Y más que caminar, por sus movimientos, parecía flotar; flotaba inexorablemente hacia alguna parte, y el camino hacia alguna parte pasaba justo junto a mí.
Después de cruzarnos, volví a percibir todo mi entorno como apenas unos segundos antes lo había hecho: el ruido, las voces, los motores, las pisadas. Todo menos el tiempo, porque el frío... El frío se había quedado, como único vestigio del paso de aquella criatura.
Y entonces supe quién era. No porque ya lo conociera, y no porque me lo hubiera encontrado en otras ocasiones o me hubieran hablado de su aspecto. Simple e inexplicablemente, en mi mente hallé de pronto su nombre como un susurro.
Era el invierno.
sábado, 25 de febrero de 2012
...¿Pero dónde los hombres?
¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?
Cantan con voz de hombre,
¿pero dónde los hombres
..con ojos de hombre miran?
¿Pero dónde los hombres
..con pecho de hombre sienten?
...¿Pero dónde los hombres?
Cantan, y cuando cantan
parece que están solos.
Miran, y cuando miran
parece que están solos.
Sienten,..y cuando sienten
parece que están solos.
¿Es que ya Andalucía
se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces
no hay nadie?
¿Que en los mares y campos andaluces
no hay nadie?
¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?
¡Tantas cosas han muerto,
que no hay más que el poeta!
¡Cantad alto,
Oiréis que oyen otros oídos!
¡Mirad alto,
Veréis que miran otros ojos!
¡Latid alto,
Sabréis que palpita otra sangre!
No es más hondo el poeta
en su oscuro subsuelo encerrado.
Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire,
ya es de todos los hombres.
Rafael Alberti
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?
Cantan con voz de hombre,
¿pero dónde los hombres
..con ojos de hombre miran?
¿Pero dónde los hombres
..con pecho de hombre sienten?
...¿Pero dónde los hombres?
Cantan, y cuando cantan
parece que están solos.
Miran, y cuando miran
parece que están solos.
Sienten,..y cuando sienten
parece que están solos.
¿Es que ya Andalucía
se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces
no hay nadie?
¿Que en los mares y campos andaluces
no hay nadie?
¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?
¡Tantas cosas han muerto,
que no hay más que el poeta!
¡Cantad alto,
Oiréis que oyen otros oídos!
¡Mirad alto,
Veréis que miran otros ojos!
¡Latid alto,
Sabréis que palpita otra sangre!
No es más hondo el poeta
en su oscuro subsuelo encerrado.
Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire,
ya es de todos los hombres.
Rafael Alberti
martes, 13 de diciembre de 2011
A mi abuelo.
[ Escrito en abril del año 2005. ]
“La vida es un sueño para los que saben vivirla, una carga para los que sufren y un rompecabezas para quienes intentan comprenderla”.
Es un enunciado precioso, (de otra forma nunca lo hubiera escrito aquí), y que, si piensan en ello, tiene sentido. Y les diré que, aunque consigan comprender esa extraña frase que una vez se le ocurrió a una niña mirando las montañas, no lograrán explicarse qué es exactamente la vida. ¿Un regalo? ¿Casualidad? ¿Ciencia o religión? En estas cosas pienso algunas noches, en medio de la densa oscuridad, arropada hasta las cejas, pero con los ojos muy abiertos. Y recuerdo.
Una vez, cuando era aún demasiado pequeña para comprenderlo, le pregunté a mi abuelo si estaba triste por ser viejo y arrugado. Y él me contestó así: “Un día, saldrás por la noche al balcón de una casa silenciosa, y mirarás a los ojos de la luna extrañando tu niñez; entonces, te verás galopando sobre los caballos del viento, sobre montañas plateadas, y escucharás el llanto de los árboles condenados a morir; te encontrarás paseando por los cabellos del mar, azules y verdes como si de zafiros y esmeraldas se tratara; Llegarás a su frente dorada, y rozarán tus pies las saladas canas de la mar, que son la espuma.
Mirarás a ambos lados, y sus olas arrastrarán los sueños de la juventud. Abrazarás al anaranjado desierto en la hora de más calor, sintiendo la brisa fresca de los días de nieve en tus mejillas. Y nadando por un haz de luz blanca de luna, sumida en la más dulce tranquilidad, escucharás el horrible canto de la melancolía alejarse; mirarás a los ojos de la luna, incluso sin abrir los tuyos, y regresarás a tu balcón, en medio de un plácido silencio que sale de todas partes y de ninguna. Entonces, pequeña, comprenderás que no cabe la tristeza en ese océano de maravillosos recuerdos. Así como que la vejez no es la última etapa de tu vida, sino la prueba de si has sabido vivirla”.
¿Saben qué? Creo que mi abuelo era un genio. Y lo mejor es que tenía razón: la vida es una aventura que se acaba, y debes decidir cómo vivirla. ¿Por qué no convertirla en el más hermoso de los sueños?
Sólo guardo buenos recuerdos. Pensar en ti es recordar muchas y auténticas risas, chistes, juegos, cuentos, canciones, paseos. Ávila. La feria. Riatas. Serranillos. La Paparrasolla. La manada de cerdos volando de flor en flor. Las mañanitas que cantaba el rey David. Todo va siempre conmigo.
A mi abuelo Modesto, que me quiso tanto, y que siempre, siempre tuvo una sonrisa para mí.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
Existen lugares
en los que la mirada se confunde con el recuerdo,
Siempre existirán estos lugares, impresos en la mente y en los sueños de lo vivido. Son el equilibrio de los malos recuerdos.
lugares en los que se nos devuelven, como depósitos de viejas alegrías, sensaciones que ya creíamos olvidadas.
Su olor, el tacto de su suelo y de su brisa, el sonido de su entorno.
Todo ello junto hunde muy profundo sus raíces en la memoria, haciendo aflorar destellos... Destellos de nostalgia, de sonrisas escondidas, de vida.
Siempre existirán estos lugares, impresos en la mente y en los sueños de lo vivido. Son el equilibrio de los malos recuerdos.
Sí, también habrá siempre memorias tristes. Pero mucho más triste aún sería el olvido.
lunes, 17 de octubre de 2011
Mía es la voz.
Hermano, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola
Mía es la voz antigua de la tierra
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo
Mas yo te dejo mudo, mudo
¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?
León Felipe
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Alzheimer.
Hace mucho calor. Me gusta más el aire fresco de la sierra, la brisa otoñal del pueblo. Qué limpia está la ventana. Parece agua. Río. Padre a veces va a pescar… luego cenamos truchas. ¿Qué casas son esas que veo a través del cristal? No las conozco. No son como las otras del pueblo. Se lo comento al anciano que está sentado a mi lado. Él asiente… No diviso el campo. ¿Estará detrás de esas casas? Tengo calor… Está anocheciendo. Y yo no estoy en casa. ¿Dónde está madre? Debe estar ya preparando la cena… el anciano me acaricia el pelo. Quizás se siente solo. Yo no puedo quedarme más, madre me está esperando en mi casa. Se lo explico a él, y me responde en tono cansino, pero con dulzura.
-Estás en tu casa. Tu madre no te espera. Pero aquí tienes a tus hijos, míralos, han venido a verte.
Él señala a tres hombres, todos de mediana edad, sentados junto a nosotros, que nos están mirando. Los conozco. Mucho. Los quiero. Pero yo no tengo hijos. Ni siquiera estoy casada todavía. Miro al anciano para decírselo, y entonces reconozco en su rostro sus ojos pardos, su sonrisa. Sé quién es. Anoche bailó conmigo. Pero anoche era joven y bien parecido. Miro a los otros. Se le parecen.
Y entonces lo entiendo. Anoche, al acostarme, les pedí un deseo a las estrellas: compartir mi vida con ese joven. Es magia. Y les regalo a todos la más feliz de mis sonrisas.
(...A mis abuelos.)
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